D008 P008 | Lo primero es Colombia

Documentos Nuevo Liberalismo | Luis Carlos Galán

D008 P008 | Lo primero es Colombia

Palabras de Luis Carlos Galán en el coctel Pro-casa Liberal de Bogotá el 30 de noviembre de 1979 en la Sociedad de Amigos del País.

En el presente año, por diversas circunstan­cias, he tenido ocasión de ir a un poco más de diez universidades en Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga, Pereira, Barranquilla, Cúcuta, Cartagena, Armenia e Ibagué a cambiar ideas sobre cuatro temas distintos pero a mi modo de ver bastante relacionados y complementa­rios: los derechos humanos en Colombia, la reforma de las universidades, el derecho de información en nuestro país y el futuro del liberalismo. Ha sido ésta una manera de dialo­gar con las nuevas generaciones y de conocer a centenares de profesores universitarios y profesionales jóvenes. En una de tales ocasio­nes fui a la Universidad de los Andes. Al tér­mino de la conferencia y del foro posterior, se me acercó quien yo creí, inicialmente, un alumno de alguna de las facultades de esa im­portante institución. Se limitó a decirme que deseaba participar en la tarea que diversas cir­cunstancias me han impuesto en la política nacional. Al otro día supe que se trataba de un distinguido profesor de la Facultad de Ad­ministración y luego, durante todos estos meses, he gozado de su inteligente, responsa­ble y eficaz colaboración para preparar varias intervenciones en el Congreso y en múltiples foros, examinar proyectos de ley y discutir acerca de innumerables cuestiones de interés nacional. Hasta aquel día el doctor Eduardo Robayo no había participado en la política, desde entonces, prácticamente no transcurre una sola semana en la cual a sus labores pro­fesionales y docentes no agregue varias horas dedicadas a pensar en Colombia y a propagar una serie de ideas sobre los caminos idóneos para orientarla e interpretarla en estos mo­mentos de verdadera encrucijada colectiva. Casos similares al del profesor Robayo se están multiplicando todos los días en las más diversas ciudades del país donde poco a poco también he tenido ocasión de entrar en con­tacto con los múltiples sectores políticos, económicos, técnicos y profesionales que in­tegran la nueva sociedad. Es su generosidad, su desinterés y la forma responsable y seria como han obrado en estos meses él y otros grandes amigos en Bogotá y en las doce ca­pitales de departamento recorridas en este año, lo que me ha confirmado que tenemos sobre nosotros la responsabilidad de crear un cauce a centenares de miles, a millones de compatriotas que reclaman una nueva manera de hacer política porque los antiguos caminos desaparecieron y se volvieron intran­sitables como consecuencia del derrumbe ideológico y moral que repentinamente cerró las vías tradicionales. Por eso me complace que haya sido usted, doctor Robayo, el pri­mer orador de esta noche y que luego, a sus expresiones sólidas, a su diagnóstico certero elaborado en nombre de los amigos que or­ganizaron esta espléndida reunión, hayan seguido las palabras de un ilustre veterano, el Senador Alvaro García Herrera cuya voz se oyó aquí como se escucha siempre en el Congreso. La voz de una conciencia honrada y llena de carácter que así como hace cerca de treinta años fue a la cárcel porque proclamaba sus convicciones democráticas, hoy no teme denunciar las inconsecuencias de quienes dirigen transitoriamente al liberalismo. El joven profesor se suma al avezado maestro para decirnos esta noche que aquí se reúnen varias generaciones y un sólo espíritu: el de quienes tenemos nostalgia de patria y, por lo mismo, reclamamos el derecho a que la vida de 27 millones de colombianos no se frustre porque buena parte de sus clases dirigentes se niega a interpretar a la nueva Nación y le habla y la gobierna como si la historia de Colombia se hubiese detenido.

Vamos a hablar esta noche de política. Como nosotros la entendemos y como es pre­ciso que se discuta y se haga la política en nuestro país. Hablar de política es analizar cuatro temas fundamentales: Colombia, el Es­tado Colombiano, la situación de los partidos y, como consecuencia de ello, la naturaleza de la tarea que debemos acometer para dar nues­tro testimonio y cumplir nuestra misión.

 

Colombia

Lo primero es Colombia. Porque nada serio se puede hacer y decir en política si no se proclama una concepción sobre Colombia. ¿Cómo entendemos a Colombia? ¿Cómo qui­siéramos que fuese? ¿Cómo interpretamos su evolución para bien de sus propios habitantes y respecto de una América Latina donde ha influido con mayor profundidad de lo que imaginan los observadores superficiales y con menores alcances de lo que quisiéramos quie­nes conocemos sus potenciales humanos y físicos.

Ubicada en un punto estratégico de la geo­grafía americana, Colombia fue la generadora de la libertad de cinco repúblicas cuando ella misma nacía a la vida independiente. Su pro­pio alumbramiento le impuso una tarea peren­ne. Ser un escenario de la libertad. Un terri­torio donde se construye una sociedad demo­crática y donde los recursos se explotan para que la Nación crezca en lo físico y en lo espi­ritual. No somos y no podemos ser un pueblo que ambicione poder para oprimir a otros pueblos. Pero tenemos que ser un pueblo dueño .de su destino capaz de ejercer un lide­razgo en América Latina. Nuestra Nación pue­de integrar como ninguna otra todas las ver­tientes raciales y culturales que estaban en América o llegaron a ella durante los últimos cinco siglos. Somos un pueblo triétnico y nuestra fuerza cultural está en ese mestizaje que como todo mestizaje primero es híbrido hasta que madura la nueva identidad. No nos sucede, como sí les ocurre a otros que en la Nación predomine una raza y con ella una prolongada experiencia cultural relativamente ajena o que en nuestro territorio coexistan dos razas difíciles de reconciliar. En el hom­bre colombiano están América y Asia, Euro­pa y Africa y aun cuando durante cierto tiem­po esas combinaciones de sangre hayan impe­dido una expresión colectiva, cuando madure el proceso —y la hora ya no está lejana— sere­mos realmente una nueva expresión cultural capaz de aproximarse sin dificultad al diálogo con todos los pueblos de la tierra.

El mensaje de libertad que marcó nuestro nacimiento con el preámbulo insurgente de los comuneros —hace dos siglos— está vivo. Y mientras más se observa esta América convul­sionada que acaba de recibir el mensaje de dig­nidad del pueblo de Nicaragua y la rebelión civilista de los bolivianos, más claro resulta que vivimos una hora de efervescencia en la cual América Latina, en los Andes, en el Ama­zonas, en la Cuenca del Plata y en el Caribe, se apronta para dar un salto cualitativo hacia la democracia y la libertad. En ese proceso Colombia debe estar a la vanguardia y así como hace siglo y medio unos ejércitos improvisa­dos fueron constituidos con base en los labrie­gos que Bolívar convirtió en guerreros heroi­cos, ahora debemos preparar legiones de mili­cianos de la ciencia y la cultura para que Amé­rica Latina intervenga en el diálogo interna­cional del siglo XXI no como ese subcontinen­te subalterno y sumiso que todos creen conde­nado a depender de las grandes potencias, sino como un conjunto de países que, sin aislarse en esta hora de interrelaciones universales, aporte, además de sus extraordinarios recursos naturales, un tipo de organización social digno del tercer milenio que nos espera a la vuelta de pocos años.

Como es apenas obvio no tendremos nin­gún derecho a proponer un camino a los demás pueblos latinoamericanos mientras, en nuestra propia casa no hayamos demostrado la sinceridad de nuestras convicciones demo­cráticas y de los ideales que proclamamos. Pa­ra cambiar a los demás debemos ser capaces de cambiarnos a nosotros mismos. La nueva lucha por la independencia —porque de eso se trata— no será posible mientras no alcan­cemos la unidad nacional. Colombia está de­sintegrada en lo físico, en lo cultural, lo social y lo moral. Ponerle fin al sectarismo, tarea sensata e indispensable que se propuso el Frente Nacional, durante los últimos veinte años, no fue suficiente. Porque si bien alcan­zamos una relativa paz política pactada por los protagonistas de las luchas de mediados del siglo, no logramos la paz social ni la eco­nómica. Las desigualdades han crecido y una Nación cada día más consciente de sus dere­chos exige que la organización social asegure un mínimum de igualdad de oportunidades para todos los colombianos. El problema político en los días de la violencia se alimen­tó de la injusta realidad social y económica, pero, con escasas excepciones, los dirigentes nacionales creyeron y creen que bastaba so­lucionar la cuestión política mediante la pa­ridad y la milimetría burocráticas para lograr la paz. Naturalmente se han equivocado y problemas que habían podido tener otro ma­nejo, si hubiera existido una sincera voluntad de alcanzar la justicia social, se acumularon y se multiplicaron hasta crear profundas divisiones entre los colombianos ya no por un color político sino por una realidad social que acentúa los privilegios de unos y agudiza la miseria y la angustia de la mayoría.

Colombia no realizará su misión histórica mientras no resuelva esas graves contradic­ciones internas que le impiden concentrarse en las tareas fundamentales y atomizan un pueblo capaz como el nuestro, lleno de cua­lidades, pero disperso por la ausencia de una interpretación completa y profunda de su destino.

Nuestra primera tarea —el primer escalón en ese proceso— es la unidad de Colombia en todos los sentidos. Para alcanzarla tenemos que hacer un inventario de cuanto divide a los colombianos y un inventario —también— de los instrumentos que podemos utilizar para la peregrinación hacia la unidad nacional. Esto nos lleva al segundo tema que quiero tratar esta noche: me refiero al papel del Estado colombiano, es decir, a lo que se supone es la suma de la asociación de todos los colom­bianos y la expresión de nuestra soberanía. Nuestro Fstado vive una crisis que afecta todo su ser, condiciona sus objetivos y desorganiza sus recursos. Sus responsabilidades están cam­biando todos los días pero no sólo ya no atiende bien las nuevas tareas que tiene a su cargo sino que cada día cumple peor sus an­tiguas y clásicas obligaciones.

 

Nuevas responsabilidades del Estado

La libertad, el orden, la justicia y la sobera­nía —por ejemplo— eran las principales responsabilidades del Estado cuando lo crearon los progenitores de nuestra República, de acuerdo con los valores políticos de su época. Sin embargo, cada día somos menos libres en la Colombia contemporánea. Cada día tene­mos un orden más artificial que no nace del respeto recíproco de los derechos sino de la simple imposición por la fuerza de una autoridad que parece incapaz de comprender al pueblo que gobierna. Cada día la justicia se confía menos a las instituciones que deben impartirla y más a las arbitrarias decisiones individuales de quienes se hacen justicia por sí mismos, gracias a la fuerza física o al po­der del dinero. Cada día nuestra nación es menos soberana y su destino está más some­tido a lo que deciden otros, ante cuyos ojos, no somos una República, una Patria, sino un mercado para conquistar y explotar.

En este siglo la Constitución le confió a las diversas instituciones estatales innumerables tareas. Casi todas ellas están pendientes. El Estado entre nosotros debe producir bienes y servicios; crear empleo; redistribuir el ingreso entre los colombianos; regular la economía; ejecutar un presupuesto nacional que ya su­peró los 300.000 millones de pesos al año; dirigir el proceso de urbanización; tomar de­cisiones sobre la televisión y la radio que influyen fundamentalmente en el derecho de información de nuestro pueblo; en fin, tiene las atribuciones para intervenir en casi todos los aspectos de nuestra existencia. Es el Leviatán que nos anunciaron hace más de tres siglos los pensadores que encabezaba Thomas Hobbes. Pero es un gigante omnipotente en sus atribuciones e impotente ante la realidad.

Se supone que es un Estado concebido de acuerdo con los principios democráticos, o sea, que en él existe un equilibrio entre las ramas del poder público para evitar la discre­cionalidad del Ejecutivo, del Congreso o de la rama jurisdiccional Sin embargo, en las actua­les fórmulas reales de gobierno, en Colombia los miembros del Congreso han renunciado a sus deberes y en vez de ser los personeros de la nación, se han convertido en los dóciles su­balternos del Presidente de la República para aprobar reformas constitucionales en las cua­les no creen y tramitan un presupuesto nacio­nal que no se estudia pues la lucha por los au­xilios electorales no deja tiempo para atender lo que fue la primera obligación histórica del Parlamento.

Nuestro régimen Presidencial está en crisis. Se ha concentrado en el Primer Mandatario tal cantidad de poderes nominales que hasta la democracia formal tiende a desaparecer. El Congreso de hoy no legisla, ni fiscaliza, ni delibera. Los congresistas de ahora obedecen. La descentralización administrativa no ha pasa­do de ser un estribillo con el cual se guardan las apariencias mientras se acumula el malestar en las regiones. Hemos confundido la unidad de la Nación con la concentración de recursos y poderes en el Presidente de la República y cuando en la Jefatura del Estado no existe una conciencia orientada por un concepto claro sobre el destino de Colombia, el go­bierno mismo se desintegra. Cada ministro trabaja por su cuenta en su paicela burocrá­tica y cada gobernador alimenta las porciones clientelistas que debe sostener para que se mantenga la ficción de este Estado colombia­no que no logra pasar de las formalidades democráticas. Es decir, en nuestro caso, las elec­ciones prefabricadas y manipuladas y la información masiva condicionada por los poderes centrales.

Esta seudodemocracia se agota día tras día. Falta poco para que queden en evidencia los poderes reales internos y externos que la con­trolan e instrumentalizan. Ninguno de ellos generado por la voluntad popular ni sometido a su escrutinio.

Mientras tanto, la evolución mundial nos presenta poderes nuevos y decisivos. La tec­nología y las ciencias de la productividad han creado las complejas organizaciones informa­tivas y financieras de las empresas transnacio­nales, en las cuales se expresa también —a su modo— el nacimiento de la conciencia plane­ taria. Nuestro Estado, nuestro gobierno, es aho­ra, fuera del responsable de las tradicionales funciones, el encargado de negociar en nombre de todos nosotros con las transnacionales para adquirir las tecnologías que ellas poseen y convenir las condiciones financieras en que nos proporcionarán sus productos. En la cues­tión energética, en las comunicaciones, en los servicios de salud, en el sistema vial y de trans­porte, en la industria y en el comercio, en la organización financiera; en fin, en todas par­tes, aparecen las transnácionales. Su presencia es buena y conveniente, porque constituyen un instrumento obvio en la internacionaliza­ción del mundo. Pero, ellas van hasta donde los gobiernos las dejan llegar. Si no recons­truimos el Estado, si no lo transformamos pa­ra que adquiera la capacidad de representarnos a todos los colombianos al negociar con ellas las condiciones de su acceso a nuestro país, lo poco que tenemos de industria nacio­nal desaparecerá sin protección eficaz y res­ponsable y nos convertiremos todos en servi­dores directos e indirectos de intereses no colombianos. Habrá tal vez apariencias de la so­beranía pero no seremos otra cosa que una nación satélite. Un pueblo que obedece y sirve a quienes, en otros países y en otros con­tinentes, deciden los factores reales de nuestra existencia.

Hace pocos días en un escenario de las Na­ciones Unidas decía un agudo observador: fal­ta un interlocutor en el diálogo entre los seres humanos. Sabemos muy bien quiénes hablan y cómo, por los seres vivos. Sabemos, además, que los muertos nos comunican su pensamien­to a través de la religión y la educación. Pero, ¿quién habla por las generaciones futuras? ¿Quién representa a los hombres del próximo siglo que heredarán un planeta desfigurado por lo que nosotros hagamos y saqueado por el uso que le demos a los recursos no renovables? Hasta hace pocos años esta reflexión podía parecer humorística. Hoy no. Vivimos un si­glo en el cual hemos adquirido conciencia de lo que sucedió en varios milenios del pasado e inclusive de muchos millones de años en el pro­ceso de evolución de la vida en la tierra. Pero al mismo tiempo poco a poco la conciencia del futuro crece en nosotros. A vecés ciertos hechos nos indican que el futuro ya comenzó y el inmediato porvenir en el mundo no puede ser más complejo e incierto. A nivel interna­cional, todos sabemos que nos esperan las peores horas de la crisis energética y sabemos también que están cambiando los equilibrios del poder en el planeta. Inevitablemente el maremoto mundial llegará a nuestras costas y el golpe de sus terribles oleadas puede gene­ramos explosivas situaciones sociales y polí­ticas capaces de precipitarnos en el totalita­rismo. En los escenarios locales también sur­gen amenazantes cúmulos nimbus. El subem­pleo urbano crece en la medida en que no sur­ge la estrategia que concilie al capital, al traba­jo y al Estado. Y esa estrategia no se configu­rará mientras las voces políticas no se inspiren en el bien común y los colombianos no re­construyamos al Estado convertido en simple despojo de las clientelas y todos los intereses cómplices de su acción. Después de varias dé­cadas de esfuerzos para crear un sistema de seguridad social, el clientelismo ha destrui­do lo poco que existía. La inflación sigue de­rrotando el optimismo del señor Ministro de Hacienda. Las Fuerzas Armadas tienden a lle­nar el vacío que les deja una clase política profesional oportunista, temerosa e insegura para la cual lo único que importa es refugiar­se en su ghetto y creen irresponsablemente que así es como se dirige un Estado moderno. Parece que todo nos llevara a un abismo y que en cualquier momento fuéramos a caer en te­rritorio totalitario o por lo menos no vamos a salir de esta arena movediza generada por el es­tatuto de seguridad y que movió al Maestro Darío Echandía a decirnos que vivimos en una dictadura militar donde todavía se guardan las apariencias y el Presidente de la República, se­gún las palabras del Maestro, tiene a su cargo funciones subalternas.

 

Nuestro papel en la Nación de hoy

Por todo esto nos hemos rebelado y cons­ciente, deliberada y firmemente escogimos nuestro propio camino para proponérselo a todos los demócratas colombianos. Con los demás liberales independientes, con los pro­motores de la Unión Liberal Popular, los ami­gos de la izquierda democrática y los conser­vadores no comprometidos con el actual go­bierno. No estamos en el desierto como pien­san los políticos profesionales que le sucede a quien prescinde del botín burocrático o de la parcela presupuestal Cuando vimos las deci­siones electorales del año pasado nos fuimos a buscar a la Nación donde ya no la buscan los partidos que se suponen los responsables de la tarea de recoger y expresar las principa­les aspiraciones de la sociedad civil. Nos fui­mos a las fábricas grandes, medianas y peque­ñas. A los talleres y a las cooperativas. A las parcelas del labrador en el minifundio. A las ca­sas de inquilinato donde sobrevive la angustia de los humildes. A las universidades. A las reu­niones de los gremios y las asociaciones profe­ sionales. A los campos deportivos. A los barrios populares y las veredas donde los sacerdotes inspirados por el nuevo espíritu de Puebla quie­ren trabajar por sus valores religiosos aplicados a un mundo concreto. A los hogares de los transportadores y a las carreteras. A los hos­pitales y a los colegios. Hemos escuchado al capitalista y al obrero. Al profesional y al ar­tesano. Al ganadero, al avicultor, al comer­ciante y al jornalero. Al periodista y al polí­tico. Al poeta, al pintor y al artista. A la mu­jer, al anciano y al joven. A todos los hemos querido oír en búsqueda de las ideas y los va­lores capaces de unificar a los colombianos.

Y aquí estamos de retorno después de este recorrido que repetiremos constantemente porque los protagonistas sociales no son úni­camente los políticos. En esta sociedad que empezará a vivir dentro de cuatro semanas las insospechables evoluciones y revoluciones de la década de los ochenta, la escolarización es mayor y la conciencia del pueblo sobre sus propios derechos crece hora tras hora. Los partidos políticos sin excepción, y no me refiero solo al liberalismo y al conservatismo, sino a todos los demás, han sido sorprendidos por esta nueva sociedad y como no saben có­mo interpretarla ni guiarla se han refugiado en el clientelismo o en la radicalización política. El clientelismo que denunciamos y denunciaremos sin contemplaciones no es tanto la cau­sa de muchos problemas como la confesión implícita de la impotencia de una clase polí­tica para examinar la realidad contemporánea con la Nación contemporánea. No tienen ni las ideas ni el lenguaje para expresarse en esta época. De allí que su primera tentación sea la de revivir pasiones sectarias y, luego, la de comprar al ciudadano a quien no pueden per­suadir lealmente o despreciar al abstencionista a quien no logran convencer.

Así llegamos al tercer tema de esta noche. El eclipse es total para los partidos y en el ca­so del liberalismo, la oscuridad es mayor en la medida en que fue más grande el resplandor de las ideas que movilizó durante tantos años. En el Gobierno de derecha que nos rige, los que pretenden hablar como liberales no tienen voluntad creativa. Vastos sectores en todas las capitales de departamento, a pesar de sus diversos orígenes partidistas, hoy han llegado a la madurez necesaria para no declararse irre­mediablemente comprometidos con las opcio­nes tradicionales. Los criterios y los valores de la generación que hizo alguna parte de sus estudios durante el Frente Nacional son totalmente distintos de los que se acostumbra ma­nejar en la política rutinaria. Cada vez más Colombia exige otra manera de hacer política. Otra forma convocar a la Nación a discutir sus grandes asuntos. Otros programas, otras ideas, otras plataformas, pero, sobre todo, otro espíritu.

Porque en Colombia han obrado en estos 160 años de independencia dos espíritus que se necesitan recíprocamente pero no se pue­den confundir. El de los que quieren conser­var la sociedad y se fundan en la tradición para reclamar disciplina y calma. El de los que deseamos transformar la sociedad y para lo­grar las innovaciones, proponemos la rebelión y la inconformidad. Papini decía que es cosa de niños ponerse a discutir cuál es el primero y el más importante. “Se puede criticar y re­novar lo que ya existe; pero todo orden, toda tradición, no son otra cosa que descubrimien­tos y rebeliones coaguladas, hechas hielo. Sin tradición se perderían las conquistas de la revolución; pero, sin revolución, la tradición conduciría al sueño perpetuo y a la feliz tran­quilidad de la muerte. “Hasta aquí Papini”.

La prolongación abusiva del Frente Nacio­nal nos condujo a un limbo mental y al infier­no de la destrucción de toda ética en política. Entre nosotros, las instituciones cerraron los caminos para el instinto del cambio y yo no creo que los partidarios del instinto de conser­vación se sientan satisfechos al ver a su propia colectividad asfixiada por la misma farsa. Por­que algo les dice que una cosa es la tradición y otra muy distinta el anquilosamiento. Y es eso lo que nos ha movido a formular el llama­miento al cual ustedes han dado generosa res­puesta esta noche. Queremos consagrarnos a una tarea de información y educación políti­cas adicional a la que ya estamos cumpliendo con diversos instrumentos. Queremos promo­ver una mentalidad crítica en todos los secto­res de la Nación —liberales, conservadores o socialistas— porque no predicamos un nuevo catecismo para generar un fanatismo más. Pensamos que liberar realmente al hombre es despertar en su conciencia esa mente analítica que recibe y entrega ideas simultáneamente. Somos revolucionarios pero nuestra revolu­ción no es la de la violencia anárquica que pretende legitimarse con mil razones sino la revolución en las conciencias. No hay nada más revolucionario que cambiar los sentimien­tos humanos y el contenido de los cerebros, mi las conciencias. Es allá donde queremos y de­ bemos llegar para unir a Colombia; es eso lo que necesitamos lograr para redimirla. Para noso­tros éstos deben ser los criterios liberales ne­cesarios en la renovación política del país, los mismos que nos mueven a respetar a quienes no piensan como nosotros y permanecen en otras áreas políticas de buena fe, es decir, siempre que nadie haya comprado su conciencia.

Nuestra tarea será prolongada y constante. No la reducimos a la conquista del poder, por el poder mismo, para quedar convertidos en esclavos del propio poder. Menos la vamos a reducir a un pleito de curules. Del mismo mo­do que hace tres meses creamos en Bucara­manga una Casa Liberal para estos propósitos, estableceremos en Bogotá una Casa Liberal donde organizaremos cursos de capacitación política, seminarios y debates sobre los temas de interés público. Les propondremos a las de­más ciudades tareas y procedimientos simila­res con la imaginación necesaria para mejorar los sistemas de comunicación y proselitismo nacional, pero no basta saber qué es lo que su­cede. Muchos colombianos lo saben. Es pre­ciso tomar la decisión de actuar y empren­der la marcha y llegar hasta el final. Quienes se sienten impotentes bien pueden permane­cer al margen, quienes entienden la situación y están decididos a cambiarla: bienvenidos.

Nos inspiran las ideas y el ejemplo de los grandes protagonistas de la vida colombiana. Aquellos hombres que se sintieron responsa­bles de la antorcha encendida por los mártires de la revolución comunera. El fuego que a lo largo de las últimas seis generaciones quienes sintieron a Colombia en lo íntimo de su alma, no dejaran apagar. Ese fuego era el de la pa­tria alimentada por tantos corazones que en ella han creído. Y esa antorcha está aquí pre­sente, porque nosotros tampoco lo dejaremos extinguir.

En esta casa reconstruida por la voluntad creativa de uno de los hombres que más ha defendido ese fuego sagrado, el doctor Carlos Lleras Restrepo, vivió algún tiempo Francisco de Paula Santander, el organizador civil de la República y la figura máxima de nuestra nacionalidad. En nombre de todos los presentes invoco su memoria y su espíritu para que nos asista en lo que queremos hacer: recuperar la Patria desintegrada y rescatarle a Colombia un camino digno del destino que le señaló su nacimiento histórico como pueblo generador de justicia, dignidad y libertad.