D008 P026 | La reorganización liberal

Documentos Nuevo Liberalismo | Luis Carlos Galán

D008 P026 | La reorganización liberal

Discurso de Luis Carlos Galán en la ciudad de Bucaramanga el 10 de junio de 1980

 

Señoras y Señores:

El doctor Alberto Montoya Puyana ha ad­vertido muy bien que, tal como me permití solicitarlo a los organizadores, esta cena no tiene el carácter de homenaje a una persona sino que se trata de una convocatoria a los liberales santandereanos para que examine­mos las realidades políticas y preparemos el testimonio de nuestro pueblo en las impor­tantes decisiones que debe adoptar la Nación en el curso de los próximos años. Hace seis semanas tuvo lugar un acto semejante en Bo­gotá y con criterios similares nos reuniremos en la mayoría de las capitales de departamen­to en el curso del presente año para atender las invitaciones que nos han formulado ami­gos liberales y líderes independientes del Valle, Antioquia, Caldas, Atlántico, Meta, Boyacá, Norte de Santander, Risaralda, Mag­dalena, Huila, Cundinamarca, Córdoba, Bolí­var y Sucre.

Nos hallamos en una tarea difícil pero in­dispensable. Hemos resuelto proclamar el de­recho liberal a inspirar una nueva época his­tórica en la vida nacional. Para alcanzar este propósito hemos considerado indispensable denunciar vicios y corruptelas que amenazan destruir la democracia colombiana y exigir que el liberalismo afronte sus nuevas responsabi­lidades no sólo con ideas claras sino con ac­titudes coherentes que demuestren la sin­ceridad de lo que se dice y la voluntad de representar en forma auténtica a quienes nos confiaron su personería en el Congreso Na­cional.

Esta tarea comenzó en Santander. Duran­te dos años, entre 1976 y 1978, recorrimos todas las provincias del departamento y todos los barrios de Bucaramanga. Lo hi­cimos para respaldar la candidatura presi­dencial que preferíamos, la del doctor Car­los Lleras Restrepo, pero, también lo hici­mos para explicar nuestras tesis sobre la crisis nacional y la urgencia de defender los principios liberales sobre la democracia polí­tica, la democracia social y la democracia eco­nómica. Los acontecimientos de los dos úl­timos años nos han confirmado los motivos para mantener nuestra independencia e in­sistir en la denuncia de la crisis. Poco a poco hemos logrado que nuestras reflexiones tengan resonancia nacional y ya nadie duda que los problemas de la política no se redu­cen a la escogencia de un candidato presi­dencial en 1982, sino que resulta indispen­sable afrontar y resolver tres cuestiones simultáneamente: la reorganización del libe­ralismo, la recuperación del Congreso Nacional y la elección de un Presidente capaz de trazarle nuevos horizontes a nuestra democracia.

Gracias al apoyo de Bucaramanga y San­tander pudimos extender nuestros esfuerzos al escenario de Bogotá con el objeto de asegu­rar la resonancia nacional de nuestros plantea­mientos. Sin la valerosa colaboración de nuestro pueblo y sin la confianza de todos us­tedes no hubiéramos podido lograr los hechos políticos que se produjeron el 9 de marzo último, en virtud de los cuales Colombia con­sideró que desde Santander se había lanzado un nuevo mensaje político con repercusión clara en la capital de la República. Antes de analizar las tres cuestiones que acabo de plan­tear permítanme expresar mi gratitud pública a quienes organizaron la campaña electoral, a los numerosos líderes cívicos y a los amigos que sin mayor experiencia política asumieron sin complejos la responsabilidad de movilizar a los sectores del liberalismo que deseaban dar un testimonio creativo en la escena política. Gracias a Santander hemos dado un primer paso. Sabíamos que a las metas que nos dirigi­mos no se llega en forma inmediata, pero, en un momento fundamental hemos comproba­do que en nuestro pueblo se nos comprende y que para las múltiples tareas que nos esperan siempre habrá solidaridad y confianza en Santander.

Como lo dije hace pocos instantes, nos pre­paramos para movilizar al pueblo en función de tres cuestiones fundamentales: el liberalis­mo, el Congreso Nacional y la sucesión presi­dencial. Las tres cuestiones las entendemos dentro del marco de objetivos proclamados por el Nuevo Liberalismo en la convocatoria nacional de nuestro Movimiento el 29 de abril. En estos momentos es importante exa­minar estas tres cuestiones que definirán muchas cosas en la suerte de la República.

 

Organización y metas

En el liberalismo ya nadie duda de la nece­sidad de reorganizar a la que ha sido la pri­mera fuerza popular de Colombia. Desde hace mucho tiempo lo ha propuesto el doctor Carlos Lleras. Nosotros hemos insistido en ello durante los dos últimos años y en la reu­ nión nacional del Nuevo Liberalismo en Bo­gotá lo señalalamos como uno de nuestros obje­tivos. Ayer decían los periódicos que el doctor Virgilio Barco sostiene que no se puede hablar de candidaturas sin debatir primero la organización liberal Cada día se agrega otra declara­ción similar de congresistas y ex ministros sobre la materia, lo que demuestra que éste es uno de los puntos de partida de cualquier acción política seria y eficaz. No puede haber candidato de un partido, si antes no existe ese partido. Tampoco habrá partido mientras no haya una línea ideológica definida ni una organización adecuada para luchar por la ideología y, a la vez, demostrar, en la prácti­ca, la sinceridad de lo que se predica.

¿Qué significa organizar al liberalismo? Para algunos esto equivale a reunir unos cuantos líderes en un directorio, establecer cuáles son las cuotas burocráticas disponibles y dis­tribuirlas en forma aritmética. Para otros or­ganizar al liberalismo es hacer convenciones departamentales con el fin de elegir a los futu­ros candidatos a las corporaciones públicas, de modo que todo aquél que se margine de tales convenciones será un disidente de los nuevos oficialismos. Para el de más allá la organización del partido liberal es el unani­mismo en torno del gobierno y la adhesión incondicional a todas sus orientaciones y ac­tuaciones a la espera de lo que se imponga en materia de candidaturas presidenciales. Para nosotros, en el Nuevo Liberalismo, organizar el partido es democratizarlo, es darles infor­mación y educación política a todos los co­lombianos para que el pueblo entienda, co­nozca y controle al Estado que rige sus destinos y a través del liberalismo se haga justicia en esta sociedad y se garanticen las libertades públicas. Es preciso, entonces, si queremos reorganizar al liberalismo que nos pongamos de acuerdo sobre el verdadero al­cance de esa organización pues no pensamos participar en ninguna farsa ni prestarnos a nada que signifique engañar a nuestro pueblo harto ya de falacias y frustraciones.

En un auténtico liberalismo es normal que haya diversas corrientes y tendencias, siem­pre que exista acuerdo sobre los grandes obje­tivos liberales y los principales procedimientos para alcanzarlos. Estamos dispuestos a respe­tar otras tendencias dentro del liberalismo en Santander y Colombia siempre que no conviertan la conquista del poder en una retribución burocrática o en el instrumento para hacer negocios y traficar con las influencias en los organismos públicos. Estamos dispuestos a respetar otras tendencias dentro del liberalis­mo en Santander y Colombia siempre que no renuncien a los principios liberales sobre el carácter civil de nuestras instituciones ni des­conozcan la importancia de las garantías pro­cesales y el derecho de defensa en la adminis­tración de justicia. Estamos dispuestos a respetar otras tendencias dentro del liberalis­mo en Santander y Colombia siempre que no acepten expresa o tácitamente la tortura como un sistema legal de investigación. Es­tamos dispuestos a respetar otras tendencias dentro del liberalismo en Santander y Co­lombia siempre que ellos, a su turno, estén dispuestos a respetar la verdadera libertad política para todos los hombres y mujeres mayores de 18 años.

Los liberales podemos tener ideas diferen­tes sobre la política económica; podemos dis­crepar acerca del régimen departamental y municipal; podemos, inclusive, contemplar con criterios distintos algunos aspectos de la política internacional o las reformas del código laboral o el plan de inversiones públi­cas o hasta podemos separarnos entre gobier­nistas u oposicionistas. Lo que no nos puede ocurrir a los liberales es que nos enfrentemos en materia de derechos humanos o sobre la necesidad de superar el estado de sitio cró­nico e indefinido o sobre la búsqueda de una democracia sin restricciones, pues en ese momento ya no asistiríamos a una contro­versia entre liberales sino a un pleito entre dos adversarios, uno de los cuales ha abando­nado su propio partido y aun cuando conserve el rótulo su ideología ya no es liberal.

La reorganización del liberalismo es un triple problema que comprende: definicio­nes ideológicas, integración de directivas de auténtico origen democrático y comporta­miento honesto y respetable de las personas que lleven la personería de la colectividad en las corporaciones públicas o en el gobier­no. Ningún partido político puede hacer por una Nación nada distinto de lo que es capaz de hacer por sí mismo. Ningún partido puede organizar a Colombia, si el propio partido no logra oganizarse. Mientras no precisemos la ideología que guiará al liberalismo en las dos últimas décadas del presente siglo, mal podremos asegurar el rumbo de la Nación en el mismo período. Mientras la organiza­ción del liberalismo no sea democrática y el financiamiento de sus campañas no resulta diá­fano, tampoco podremos constituir en Co­lombia una sociedad auténticamente democrá­tica ni un Estado cuya dirección no esté inter­ferida por los grupos económicos más pode­rosos. Mientras no exijamos en los líderes liberales’ un comportamiento respetable, sin esguinces morales en sus acciones políticas y administrativas, no podemos esperar que en esta encrucijada moral el Estado pueda ser administrado en términos éticos inobjetables gracias al liderazgo libera.

En ese proceso de reorganización del liberalismo, en nuestro movimiento estamos listos a cambiar ideas con los demás sectores sin esperar identificaciones totales ni ins­tantáneas, del mismo modo que hemos cam­biado ideas con otros partidos cuyas tesis políticas son muy distintas de las nuestras pero con quienes nos aproxima el interés por defender los derechos humanos. Es evidente que nuestras ideas sobre los problemas so­ciales y económicos del país son distintas de las que guían diversos grupos de izquierda y a varios sectores progresistas del conserva­tismo, pero en la búsqueda de la paz, la en­trega de las armas por parte de los grupos que se han sublevado, la amnistía para los mismos y el establecimiento de una autén­tica democracia sin restricciones, estamos dispuestos a conversar con todos los que de buena fe se acerquen a diálogos de esta na­turaleza. Buena parte del territorio de Santan­der ha sido azotado por la violencia durante los últimos treinta años. Una violencia cuyo origen es diferente ahora de la que vivimos a mediados del siglo, pero una violencia que sólo será eliminada si desaparecen sus causas económicas y sociales. En Bucaramanga, por fortuna, no hemos padecido la violencia ur­bana y ciertas manifestaciones de patología social que afectan a las cuatro primeras ciu­dades del país. En la medida en que contribuyamos a una solución valerosa y eficaz a los problemas sociales de Colombia, aún es probable que salvemos a nuestra ciudad de los problemas como los secuestros, el te­rrorismo, el tráfico de drogas, los atracos, y el vandalaje que se registran en Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla. Por eso estamos conversando con otros sectores cuya ideología es bien distinta de la nuestra. Por­que no creemos en la pacificación primiti­va lograda por medio de la fuerza y pensa­mos que el diálogo franco y leal puede abrir nuevos caminos para evitarle a Colombia otra ola de sangre y barbarie.

El liberalismo en el gobierno tendrá que afrontar estos problemas. Porque estar en el poder no es hacerse al control de la burocra­cia para prefabricar elecciones, como piensan algunos, sino proponer caminos para la mo­dernización social de Colombia, elaborar pro­gramas de transformación económica y social, utilizar los recursos colectivos para crear empleo, intervenir en la economía para con­trolar la inflación, defender el ingreso de los sectores asalariados y de las clases medias. Ne­cesitamos que el área liberál se organice para estos fines y estas responsabilidades concretas. Ello sólo se puede hacer si el liberalismo re­construye sus vínculos con los sectores sindi­cales y la organización campesina; si se hace presente en los claustros universitarios; si lucha por los derechos de las mujeres para asegurar­les igualdad de oportunidades en la sociedad; si, en fin, reasume sus obligaciones en materia social con criterios serios y a la vez valerosos, para no caer en tentaciones demagógicas y tampoco convertirse en el instrumento de in­tereses reaccionarios.

En el Nuevo Liberalismo nos estamos orga­nizando con espíritu, objetivos y procedi­mientos democráticos. Vamos a realizar ins­cripciones de liberales; estamos adelantando reuniones periódicas en las sedes y en los barrios; haremos asambleas municipales, re­gionales y nacionales del movimiento. En tales foros discutiremos democráticamente nuestras estrategias y nuestros programas. Operaremos como queremos que funcione toda el área liberal. Si en los demás sectores liberales se obra en forma similar, no habrá dificultad para coordinar e integrar esfuerzos más adelante. Si por el contrario, no logran salir del clientelismo y el manejo feudal de las provincias, nosotros seguiremos nuestra lucha pues estamos en la arena política no simplemente para obtener unas cuantas curu­les sino con el propósito de influir en la con­ciencia política de los liberales para que la Nación avance en el proceso de construcción de la verdadera democracia.

 

Recuperación del Congreso

La segunda cuestión que deseo examinar esta noche es la urgencia de la recuperación del Congreso Nacional que ha sido secuestra­do por la que Alberto Lleras denominó la casta política. Es preciso que en el calendario político de 1982 se considere tan importan­te la renovación de las Cámaras como la elección del próximo Presidente de la Repú­blica. Los liberales no podemos aceptar que el Congreso se convierta en motivo de irrisión nacional. Como demócratas entendemos que esa institución es la primera asamblea de la Nación; tolerar su decadencia, aceptar su de­sorden y contemporizar con sus actitudes sumisas frente al Ejecutivo, equivaldría a re­conocer que el pueblo ha perdido su instru­mento auténtico de representación y esto es lo más grave que puede ocurrirle a la demo­cracia. Los síntomas del escepticismo popular frente a las Cámaras carecen en forma alar­mante. No sólo hubo hace dos años una no­toria y grave diferencia entre los votos de febrero para elegir congresistas y los de junio para escoger Presidente, sino que algu­nos sectores ya creen y alegan que los dere­chos y aspiraciones del pueblo se defienden mejor con un paro cívico que a través del Congreso. Hace pocos días en la reunión de sectores políticos muy diversos en el Con­cejo de Bogotá, a que me referí hace algunos instantes, me permití expresar mi desacuerdo con la idea del paro cívico. No creo en las vías de hecho para cambiar nuestra sociedad y por eso jamás propondré en el Nuevo Liberalismo que se participe en acciones que crean toda suerte de riesgos para las clases populares y radicalizan los enfrentamientos en beneficio de los sectores reaccionarios; sin embargo, debo admitir honestamente que el desprestigio del Congreso amenaza dejar al pueblo sin personeros por los caminos insti­tucionales. De allí que haremos cuanto esté a nuestro alcance por fortalecer el carácter fisca­lizador del Congreso y colaboraremos en la conformación de una comisión del plan capaz de modernizar los instrumentos de la rama legislativa. Más tarde, en las elecciones de 1982 promoveremos el acceso a las corporaciones públicas de gentes nuevas en Santander y en aquellos departamentos donde el Nuevo Libe­ralismo presentará listas de candidatos a las cámaras, las asambleas y los concejos. Las labores en los próximos 20 meses servirán de experiencia a los futuros congresistas, diputados y concejales y permitirán la confor­mación de equipos políticos aptos para de­fender con éxitos estas tesis en el escenario elecloral y a la vez para realizar una gestión administrativa honesta, dinámica y eficaz en el futuro. Para rescatar al Congreso reali­zaremos una labor de educación política que consistirá en explicar las atribuciones de las corporaciones públicas y en luchar porque la Nación conozca al Estado que pretende gobernarlo y a la administración que debe servirla.

La tercera cuestión que quiero examinar hoy es la sucesión presidencial. Desde hace varias semanas, con criterios políticos impro­visados y controvertibles, resolvieron inventar un abanico; sin embargo, han sido suficientes unos cuantos reportajes y dos o tres comen­tarios para ver la inconsistencia de la lista que se reduce apresuradamente. Incapaces de afrontar los problemas reales de la Nación, como el desempleo, la inseguridad, la miseria y la inflación, algunos sectores del liberalismo han querido distraer la atención del pueblo con el carrusel de las candidaturas. Ese no es el camino serio y responsable para demos­trar el derecho liberal a permanecer en la Pre­sidencia y sólo algunos líderes excepciona­les, como los ex presidentes y el doctor Her­nando Agudelo Villa, han dado un contenido más substancioso a la controversia política. Sólo quienes afronten los problemas reales del país y el explosivo ambiente social y económi­co que nos agobia tendrán derecho a que sus nombres sean debidamente considerados. Los demás pueden dedicarse a organizar sin­dicatos de parlamentarios para conseguir ins­trumentos de negociación. Pierden su tiempo en esos menesteres y es bueno advertirle a la opinión que no vale la pena dejarse impresio­nar por todos esos artilugios. Vemos con sa­tisfacción que se multiplican los sectores libe­rales que no aceptan la regionalización de las candidaturas y en cambio exigen abanderados del liberalismo con carácter nacional, es decir, líderes capaces de llegar a la jefatura del Estado para servir a todos los colombianos y no simplemente para reivindicar sentimientos y anhelos departamentales y zonales. Aun cuando todavía no se perfila la línea política capaz de aglutinar a todo el liberalismo, consideramos ciertamente que en el área liberal hay figuras que pueden y deben acometer esa tarea. Tenemos ante nosotros un proceso que demorará más de un ario durante el cual podremos escuchar las tesis de quienes aspiren a la candidatura liberal. Mientras tanto nos reservamos el derecho de contribuir al debate con la libertad que nos otorga el hecho de no estar comprometidos con ninguna candidatu­ra. Este será un plazo razonable para analizar alternativas y discutir programas. Oportuna­mente y después de cambiar ideas con todos los sectores del Nuevo Liberalismo fijaremos nuestra posición en apoyo de la opción que satisfaga estas tres necesidades que son para nosotros fundamentales: un partido liberal realmente organizado para ejercer el lide­razgo político que el pueblo le confió desde hace varias décadas y que hoy vive una crisis profunda; un congreso comprometido con la Nación y no arrodillado ante el dueño de la burocracia y las gabelas del poder y un candi­dato presidencial cuya hoja de vida no tenga reparo alguno y cuya capacidad política y administrativa garanticen la iniciación de una nueva época en la política colombiana.

El doctor Alberto Montoya Puyana ha hecho una buena síntesis de los criterios del Nuevo Liberalismo sobre los problemas de Santander y Bucaramanga. El tiene especial autoridad para analizar estos asuntos pues su paso por la gobernación fue digno de la gratitud y el res­peto de los santandereanos. Con él y con varios compañeros del Movimiento hemos examina­do estos temas y en el curso de los próximos meses continuaremos las labores para redactar la plataforma detallada de acción tanto en la Asamblea y en los Concejos como en los diver­sos escenarios públicos y cívicos en los cuales es preciso formar conciencia acerca de las ne­cesidades de Santander y Bucaramanga.

Para nosotros Santander no es un territo­rio sino una cultura, un modo de ser y de pensar. Nos reconocemos en los cien mil san­tandereanos residentes en Barranquilla, en los treinta mil del Cesar, los de Arauca, la mul­titud que reside en Bogotá y los millares de coterráneos que están en el Norte de Santan­der o se fueron a vivir a Venezuela. Todos ellos se han integrado fácilmente en las regiones donde residen porque han obrado con honra­dez y carácter y han sido trabajadores infati­gables. Pero tenemos sobre todo una respon­sabilidad con quienes habitan en Santander y confían en organizar su vida dentro del marco social y económico de nuestra región. Necesitan en el Magdalena Medío que apoyemos los programas de colonización de esa zona estratégica para la modernización de Colombia; en García Rovira que se les rescate de una estructura social primitiva y se les permita superar la angustia del minifundio que los oprime; en Bucaramanga que los respaldemos para ejercer el liderazgo como centro urbano clave en el área; en Socorro, San Gil y Vélez que les colaboremos en la organización de una infraestructura física y social digna del siglo XX y en Bucaramanga y el área metropolitana que tracemos una ruta clara a este gigantesco proceso de urba­nización para que nuestra ciudad guíe al oriente de Colombia. Estas no son metas de una campaña electoral sino compromisos para una generación que estamos dispuestos a asumir con todas nuestras energías y espe­ranzas.

Nos acompaña esta noche el doctor Ale­jandro Galvis Galvis en cuya vida y obra se ha inspirado la mayor parte de la historia san­tandereana durante este siglo. Aun cuando a veces hemos tenido ideas diferentes sobre los diversos problemas públicos y las circuns­tancias del liberalismo, nunca hemos estado en contradicción con el patricio. El doctor Galvis Galvis, generosamente ha respetado nuestros disentimientos porque siempre he­mos compartido sus preocupaciones sobre los asuntos fundamentales. Queremos como él que Santander tenga siempre una voz respeta­ble en el liberalismo colombiano. Queremos como él que el auténtico espíritu liberal pre­valezca en la evolución de nuestra sociedad. Ningún testigo mejor que Alejandro Galvis Galvis para asegurarles a los santandereanos y a los liberales que todos los miembros del Nuevo Liberalismo seremos fieles intérpretes del juramento con el cual los comuneros cam­biaron la historia del antiguo coloniato y abrieron el horizonte de la futura nación co­lombiana. Sirva ese juramento para iniciar esta nueva etapa política; en el nombre de Dios, de mis mayores y de la libertad: ¡Siem­pre adelante, ni un paso atrás y lo que fuere menester sea!

Bucaramanga, junio 10 de 1980.