D008 P054 | El liderazgo moderno

Documentos Nuevo Liberalismo | Luis Carlos Galán

D008 P054 | El liderazgo moderno

Discurso de Luis Carlos Galán en el banquete de adhesión de profesionales el 30 de marzo de 1982 en el Hotel Tequendama.

Señoras, Señores:

Es muy significativo que el primer acto pú­blico de carácter nacional, después de la Junta de Parlamentarios y directivos del Nuevo Liberalismo que me ratificó la responsabilidad de la candidatura presidencial el 22 de marzo, sea esta reunión multitudinaria en la cual 1.500 profesionales de todas las regiones y es­pecialidades me manifiestan su solidaridad a la candidatura que acepté el año pasado en Ríonegro y que más de 600.000 compatriotas res­paldaron en las elecciones del 14 de marzo. Los profesionales representan no sólo el cam­bio más importante que ha tenido lugar en la estructura de las sociedades modernas sino un nuevo elemento de liderazgo democrático que todavía no ha conquistado el puesto que me­rece en nuestro país y cuya organización ade­cuada es uno de los puntos claves de la moder­nización política de Colombia. El profesional surgido de la Universidad tiene a su cargo un tipo original de liderazgo que ya no proviene de una clase social ni de un determinado po­der político o económico sino de una legitimi­dad basada en criterios culturales y científi­cos. Sus derechos y deberes constituyen recientes realidades sociales y también factores políticos inmediatos que merecen especial atención.

En los últimos veinticinco años, las uni­versidades colombianas han formado cerca de 300.000 profesionales y en el curso del presente decenio saldrán de las aulas otros 300.000. Todos ellos representan la van­guardia intelectual del país. Una vanguardia que representa no a los grupos privilegiados, sino constituida por cerca de medio millón de seres que pertenecen en buena parte a las clases medias y, quienes, por razón de sus conocimientos, reclaman una nueva organiza­ción social qué asegure sus derechos y apro­veche su talento.

La multiplicidad y complejidad de la socie­dad moderna exige un número creciente de personas muy calificadas técnica y adminis­trativamente para desempeñar los puestos dirigentes o líderes. Todavía, en Colombia, algunos de esos cargos se consiguen por razo­nes de posición social o por relaciones familia­res, pero, la tendencia lógica del país es que la elección de los líderes o su reclutamiento se extienda a todos los estratos de la sociedad para que ello no sólo asegure el acceso de los mejores al gobierno sino también a la indus­tria, a los medios de comunicación, a las Fuerzas Armadas, a las organizaciones gremiales y a los sindicatos obreros. Todo esto podrá ocu­rrir, si los profesionales se vinculan a la polí­tica para asegurar el surgimiento y la consoli­dación de las nuevas formas de liderazgo, sólo que la politización de los profesionales presenta factores y perspectivas que requieren detenido análisis.

El profesional no es un capitalista ni un trabajador en el sentido que utilizaban los ideólogos del siglo pasado. Tampoco es un ad­ministrador gubernamental o un burócrata, ni se le puede confundir con los propietarios rurales o urbanos. La condición de profesional empieza por su formación técnica e intelec­tual que supone entre nosotros al menos 17 años de estudio y en el caso de los médicos cerca de 20. Como consecuencia de la demo­cratización universitaria del país lograda en los años sesentas y setentas, la inmensa ma­yoría de nuestros profesionales se ha formado durante los gobiernos que adoptaron o han mantenido las fórmulas políticas de responsa­bilidad compartida entre liberales y conserva­dores. Puede afirmarse con seguridad que los profesionales han superado los viejos secta­rismos, tienen una nueva mentalidad para entender los asuntos públicos y, en términos generales, consideran que tanto el partido li­beral, como el conservador y la propia izquier­da tienen serios problemas ideológicos y de organización para facilitarles su derecho a in­tervenir en la selección de sus gobernantes y, directa o indirectamente, en la elaboración de la política gubernamental.

Los profesionales han tenido problemas pa­ra participar en política no tanto por culpa suya como por la penuria intelectual de las opciones existentes en las diversas regiones a escala nacional. Muchos de ellos pertenecen a las franjas abstencionistas, es decir, no vo­tan, ni hacen proselitismo, ni asisten a reunio­nes, ni dan aportes económicos, ni se comuni­can con los congresistas. Sin embargo, ello no significa que no busquen información sobre los problemas públicos o dejen de discutir acerca de los temas de interés nacional. En otras palabras, es difícil encontrar un profesional a quien le resulten totalmente indife­rentes los asuntos públicos, pero, tampoco es fácil encontrar profesionales dispuestos a participar en política pues no les satisfacen los canales existentes ya que los partidos no se han modernizado y, con frecuencia, los antiguos protagonistas de la política o los nuevos de mentalidad tradicional sienten temor a la presencia activa y entusiasta de ciudadanos más preparados cuya opinión es más independiente.

Por qué participar en política

El profesional, cuando no participa, rara vez se margina por escaso conocimiento de las cuestiones en discusión sino por razones muy heterogéneas. A veces, porque desprecia la corrupción y el egoísmo que tienden a manipu­lar las actividades políticas. Otras veces por un idealismo utópico, pero lo más frecuente es que se margine por escepticismo o porque piensa que el sistema no ofrece alternativas ve­rosímiles y se siente prisionero de una especie de sentimiento de frustración colectiva.

En el Nuevo Liberalismo, desde las prime­ras actividades de Bucaramanga y Bogotá, en 1979, hemos tenido especial interés por el aumento de la participación política de todos los colombianos y en particular hemos experi­mentado con éxito algunos mecanismos para vincular un sector tan fundamental como es el de los profesionales pues creemos que ellos pueden y deben acelerar la modernización de los partidos. Nuestros argumentos para esti­mular la participación no son totalmente ori­ginales, pues el problema ha sido discutido en muchos otros países que tienen tanta o más trayectoria electoral que el nuestro, sin embargo, es oportuno recordar ciertas refle­xiones que frecuentemente he propuesto en los centenares de auditorios visitados en la pre­sente campaña, con la esperanza de crear una nueva conciencia política entre nuestros com­patriotas y rescatar a quienes, como absten­cionistas, se sienten extranjeros en su propia patria.

En primer lugar, es evidente que quienes no participan en política no pueden estar adecuadamente representados en el gobierno del país. Esto debilita al propio gobierno que pierde el concurso de ciudadanos cuya opi­nión sería útil, pero, al mismo tiempo, le per­mite a los gobernantes ignorar las necesidades e intereses de quienes no participan en políti­ca. Si observamos nuestro propio caso, pode­mos decir que son los pobres, los jóvenes y las mujeres quienes tienen menor representación en Colombia precisamente porque son ellos quienes menos participan, así se trate, paradójicamente, de quienes más necesitan un go­bierno que atienda sus derechos y resuelva sus problemas.

En el caso específico de los profesionales es difícil precisar el grado de participación política logrado. Posiblemente ya es significa­tivo en los principales centros urbanos, pero todavía es muy bajo o casi nulo en las pequeñas ciudades y en las zonas rurales, por lo tan­to, si bien la influencia de los profesionales ya se percibe en el manejo de los problemas pro­pios de las grandes ciudades aún no trascien­de, en debida forma, en los asuntos económi­cos y sociales del sector agropecuario. La pro­fesional que trabaja con el Estado no se siente satisfecho por las condiciones actuales de la administración pública; sin embargo, ésta sólo se transformará cuando se renueven los parti­dos y la política gracias a la mayor participa­ción de los sectores modernizantes encabeza­dos por los profesionales.

En segundo lugar, es evidente que la apa­tía generalizada es causa de violencia políti­ca y aumenta las oportunidades para que la administración del país esté en manos de irresponsables o de personas que busquen el gobierno como si se tratara de conquistar un instrumento de privilegios personales y otras gabelas. Yo creo que los obstáculos más gran­des que tiene el país para organizar y mante­ner una oposición política dentro del marco constitucional y legal son la apatía electoral de los colombianos y el anacronismo de nues­tro sistema de elecciones. La apatía es causa de violencia, pues, en la medida en que algu­nos colombianos se sienten impotentes para defender sus ideas en el escenario electoral resuelven hacerlo incorporándose a las filas de la subversión porque creen que sólo así podrán enfrentarse al abuso del poder polí­tico. Si hoy es frecuente que entre los grupos subversivos predominen los profesionales o las gentes que alcanzaron a completar tres y cuatro años de estudios universitarios, ello no es tanto el fruto de resentimientos de un proletariado profesional, como señaló hace poco uno de los participantes en el debate presidencial, sino la consecuencia del cierre paulatino de caminos eficaces para la moder­nización política del país por la vía electoral.

En tercer término, un grupo social que se niegue a participar en política no puede tener plena convicción sobre el fundamento de sus opiniones. En cambio, es posible que el mis­mo hecho de intervenir en la vida pública le permita comprender factores, obstáculos y posibilidades que antes no había tenido en cuenta al juzgar la realidad nacional. Como se ha dicho tantas veces, la participación no solo estimula el conocimiento político, sino que también aumenta la responsabilidad, hace más profunda la atención y aumenta el senti­do de la propia eficacia política. El profesio­nal, por sus propias posibilidades intelectua­les, está más obligado a conocer la realidad política para juzgarla objetivamente sin eva­dir su responsabilidad acudiendo a los pre­juicios y desconceptualizaciones globales.

En el caso de los profesionales vinculados a la Administración publica, como lo señalé en párrafos anteriores, la formación de una conciencia política resulta especialmente interesante y necesaria. Decenas de miles de profesionales, sobre todo los de la salud, los educadores, los ingenieros, los abogados y los agrónomos trabajan para un Estado cu­yas instituciones e instrumentos desconocen y cuyos recursos rara vez son objeto de discusiones y análisis completos. El contacto parcial de los profesionales con el aparato estatal engendra mayor escepticismo y frus­tración cuando en el desempeño de sus labo­res observan impotentes el papel de una clase política obsoleta que todo lo reduce al tráfico electorero y la manipulación de la administración pública en beneficio de los intereses y apetitos clientelistas, como acaba de recordarlo el doctor José Luis Calu­me al reconstruir los amargos acontecimien­tos de 1977.

Pensando en todo esto el Nuevo Liberalis­mo ha promovido la vinculación de los profe­sionales a la política y ha creado comités de estudio, tertulias y grupos de apoyo para ofre­cerles a los profesionales escenarios de trabajo que correspondan a su nivel de conocimientos y a su capacidad científica para analizar los asuntos públicos. Claro está que esto no signi­fica desconocer u olvidar la importancia de los demás sectores sociales a los cuales también queremos procurarles mecanismos de organi­zación y participación; sin embargo, creemos que los profesionales por su mentalidad uni­versitaria y sus mayores responsabilidades son aliados especialmente entusiastas de nuestra lucha por la renovación democrática de Co­lombia y personas dispuestas a colaborar con nosotros en el vastísimo escenario de la mo­derna participación en política, tal como la entendemos, es decir, no limitada al voto y ni siquiera a la discusión esporádica de los pro­blemas públicos sino teniendo en cuenta to­dos los instrumentos de la democracia perma­nente que sólo existe con partidos políticos organizados y dinámicos en los cuales el ciudadano pueda recibir y dar información sobre las realidades colectivas. Por lo menos 150 profesionales participaron, hace menos de un año, en los comités que discutieron los conceptos del documento que sirvió de base a la iniciación de tareas del Nuevo Liberalis­mo a escala nacional. En los diversos capítu­los de los diálogos sobre Bogotá ha interveni­do cerca de otro centenar y en este momento, me atrevo a decir que hay más de 3.000 profe­sionales entre los dirigentes y activistas del Nuevo Liberalismo en todo el país. Nuestra esperanza es la de lograr cinco veces esta cifra en el curso de los próximos años. Confiamos firmemente en lograrlo porque sabemos que los profesionales consideran nuestro movimien­to, como lo ha dicho la doctora Cecilia de Ca­ro, una opción que hasta el presente no se les había ofrecido y que modifica completamente la vieja manera de hacer política, gracias a lo cual el Nuevo Liberalismo le está abriendo el camino no sólo a una sino probablemente a dos generaciones cuya participación resulta cada día más importante para la renovación democrática de Colombia.

 

La campaña presidencial

Nos encontramos los colombianos en pleno debate sobre la sucesión presidencial. La dis­cusión se refiere a varias cosas. ¿Qué significa cada una de las alternativas planteadas? ¿Qué visión tiene de la realidad colombiana cada uno de los candidatos? ¿Qué se propone hacer en la jefatura del Estado? ¿Cuáles son las ca­racterísticas y recursos de cada campaña? An­te un auditorio como el de esta noche resulta muy importante responder estas preguntas. Sin embargo, antes de hacerlo me parece oportuno formular algunos comentarios sobre las elecciones del 14 de marzo corno antece­dente político inmediato.

Aun cuando el doctor López Michelsen, con cierta curiosa vanidad y preocupación por los paralelos históricos, se empeña en comparar las fuerzas del Nuevo Liberalismo con las del MRL, yo no quiero detenerme de­masiado en ese cotejo pues se trata de cosas muy diferentes. El MRL existió durante casi ocho años, mientras que el Nuevo Liberalis­mo escasamente acaba de cumplir dos años de existencia, de los cuales sólo seis meses corresponden a labores de proselitismo a es­cala nacional. A pesar de todo, en este lapso hemos logrado una votación, en elecciones parlamentarias, que nunca pudo lograr el MRL ni en cifras absolutas ni en el número de congresistas elegidos. La inmensa mayoría de los dirigentes y miembros del MRL se sien­ten frustrados por lo que sucedió en ese mo­vimiento y piensan que se les abandonó en su lucha a mitad del camino. El MRL pertenece al pasado. En cambio, en el Nuevo Liberalis­mo está el futuro; así lo consideramos miles de colombianos que nos estamos organizando para afrontar no simplemente una, dos, tres o cuatro elecciones sino todo el proceso que sea necesario para cambiar la conciencia po­lítica de nuestros compatriotas y renovar el sistema de instituciones democráticas que la nación empezó a construir hace varias genera­ciones. Los juicios y comparaciones históricos sobre el MRL y el Nuevo Liberalismo vendrán después, por ahora, estamos muy satisfechos de la respuesta que nos han dado vastos sec­tores de opinión. El triunfo arrollador logrado tanto en Bogotá como en Bucaramanga tiene clara significación pues se trata de las únicas capitales en donde me he sometido directa­mente al juicio de los electores. Si se suman los resultados de los departamentos originales del Nuevo Liberalismo, es decir, Santander, Cundinamarca y Huila, se encuentra que he­mos superado ampliamente la votación de los sectores continuistas adictos a la candidatura del doctor López Michelsen. En la Costa Atlántica, a pesar de todos los obstáculos e interferencias que falsifican la expresión de la voluntad del pueblo, las fuerzas renovadoras hemos logrado cerca de 60.000 votos. Es cier­to que no alcanzamos la mayoría en las cifras totales, pero también es verdad que nunca fué ésa la meta que nos propusimos, ni la que nos correspondía alcanzar en esta primera etapa. En el examen de la votación acumulada de los principales centros urbanos, es decir, Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla, superamos las lista del continuismo oficialista y en el conjunto de las capitales de departamento, donde están los sectores de opinión más independientes, la votación ha sido bastante equilibra­da entre las dos tendencias liberales. De cada tres votos logrados por el Nuevo Liberalismo, dos los aportaron las provincias y uno Bogotá. En esta oportunidad, por las limitaciones de tiempo no logramos tener organización políti­ca en la mitad de los 800 municipios donde existe votación liberal, pero esperamos com­pletar los 400 municipios pendientes en el curso de los próximos meses, gracias al esfuer­zo entusiasta de los comités establecidos en todos los departamentos del país. La ausencia del Nuevo Liberalismo en las Listas de Conce­jo de esos 400 municipios les permitió, a los sectores continuistas, iniciar las elecciones del 14 de marzo con una ventaja real de algo más de 800.000 votos sin necesidad de hacer prác­ticamente nada. En los comicios presidencia­les, la situación será completamente distinta porque ya no influirán en la misma forma los problemas locales y la organización electoral se facilitará notablemente.

Extendiendo estas observaciones a lo suce­dido en otros predios políticos el 14 de mar­zo, creo que la creciente votación conserva­dora refleja el retorno de la Anapo a ese par­tido. Ello explica el progreso del conservatis­mo en algunas zonas urbanas donde surten efecto las manipulaciones populistas y confir­ma las movilizaciones logradas por el candida­to Betancur en los comicios presidenciales de 1978. De ahí en adelante no puede crecer el conservatismo en el próximo futuro. Tanto Betancur como López ya llegaron al máximo de su votación posible en el presente año. No sólo es imposible que logren incrementar por­centualmente estos guarismos sino que resulta muy dudoso que mantengan los volúmenes alcanzados. Nuestro caso es totalmente distin­to. Somos una fuerza política en ascenso que no está integrada por oportunistas ni por pusi­lánimes. Quienes nos han apoyado sabían que en las elecciones parlamentarias iniciábamos la marcha y que ahora continuará la multiplica­ción de nuestros electores porque se avecina la decisión de fondo en un país cuyo gobierno es de régimen presidencial y porque, sobre todo, se han creado las bases de una fuerza nueva que transformará la política colombia­na durante el presente decenio.

Las elecciones de marzo han puesto en evi­dencia, una vez más, el anacronismo del siste­ma electoral y por consiguiente el fracaso de las dos leyes propuestas por el actual gobierno en las últimas legislaturas. Tenemos razones serias para creer que nuestra votación, en Bogotá, habría sido muy superior si el sistema de zonificación hubiera funcionado correctamente sin excluir decenas de millares de cédu­las que no llegaron al computador; si el re­cuento de votos, durante los escrutinios, se hubiese hecho siempre en presencia de los testigos electorales; si la fuerza pública no exagera las medidas preventivas en la calle 19 y en varias zonas de la capital; si no desapare­cen las actas de algunas mesas donde tuvimos alta preferencia de los electores y si todos los jurados, en más de un centenar de mesas en las cuales ganamos ampliamente, hubieran cumplido su obligación de firmar las actas res­pectivas. Me temo que en todo el país hubo problemas semejantes además de otros obstácu­los como la compra de votos y las presiones de alcaldes y funcionarios. Espero dirigir en los próximos días una carta al Señor Registra­dor Nacional del Estado Civil para precisar nuestros motivos de inconformidad por las fa­llas ocurridas, pues el país creía superado el problema de la pulcritud del sistema electoral; sin embargo, las limitaciones presupuestales y la indiferencia del gobierno sobre todos los recursos de la Registraduría, están creando un peligroso escepticismo ciudadano frente a los mecanismos electorales que sólo se superará cuando se cree la cuarta rama del poder pú­blico en forma independiente y con los presu­puestos del caso como lo propuso el Nuevo Liberalismo desde hace cerca de un año.


¿Por qué continuamos?

Durante la última semana algunos periodis­tas me han preguntado cuáles son las razones para mantener la candidatura presidencial, después de las elecciones de marzo. Como representamos una fuerza nueva, es comprensi­ble que muchos observadores no sepan inter­pretar los hechos políticos que hemos creado y que seguiremos creando. Por tal razón, con­sidero pertinente examinar este punto.

Las elecciones parlamentarias son diferen­tes de las presidenciales. Esta vez no hubo en el liberalismo ningún mecanismo semejante al del Consenso de San Carlos. Cada sector polí­tico se ha presentado a las elecciones con su propia línea en función no sólo de los nom­bres específicos de los candidatos presiden­ciales sino de las tesis y actitudes defendidas por las diversas formaciones políticas durante los últimos cuatro años.

El doctor Belisario Betancur fue escogido por una convención conservadora integrada, en su inmensa mayoría, por personalidades, parlamentarios y dirigentes de ese partido que han pertenecido al actual gobierno o han tenido influencia fundamental en el mismo.

Betancur, personalmente, no ha tenido par­ticipación en la administración Turbay Ayala pero los parlamentarios que lo respaldan sí. Varios de ellos fueron ministros o gobernado­res del actual gobierno. Esta situación es ambigua y resulta contradictoria a los ojos de cualquier ciudadano que no puede conciliar las promesas renovadoras de ese candidato con los factores políticos que originaron su candidatura. Betancur es, en realidad, el ins­trumento que utilizan sectores continuistas para presentar una imagen nueva de un equi­po antiguo y unos criterios responsables de las políticas económicas y sociales aplicadas por los dos últimos gobiernos. Sus parlamentarios han sido elegidos gracias a la influencia que tienen en la administración pública tanto a es­cala nacional como en los niveles departamen­tales y municipales porque el actual gobierno les entregó el 40 por ciento de toda la admi­nistración. No existe pues, en este caso, nin­guna opción real de cambio.

El doctor Alfonso López Michelsen fue escogido como candidato presidencial por la Convención de Medellín de septiembre pasa­do, un certamen en el cual no participó cerca de la tercera parte del liberalismo porque los acuerdos previos realizados entre López, Espi­nosa y Santofimio desvirtuaron la posibilidad deliberante de tal Convención y la convirtie­ron en reunión de delegados a quienes se marcó con hierro candente para imponer una candidatura que dividió al partido liberal y cerró caminos a quienes desean la renovación democrática del país. López aceptó ser el candidato de una coalición de líderes regiona­les. Tales líderes sólo tienen poder electoral en la medida en que el presidente Turbay Ayala les ha entrega la burocracia de los de­partamentos y cuotas de la Administración Nacional. Sin empleos públicos los famosos líderes regionales están desguarnecidos y no son capaces de librar una batalla electoral limpia y abierta, de igual a igual. En Bogotá, los amigos de López Michelsen tenían tam­bién instrumentos burocráticos pero se en­contraron con una ciudad que por sus dimen­siones físicas y económicas no se deja escla­vizar por los mecanismos de opresión clientelista y le demostró al resto del país que sí es posible desmontar a las dos maquinarias ofi­cialistas, es decir, la que presenta como can­didato a Betancur y la que respalda a López Michelsen.

López Michelsen se ha declarado partida­rio del continuismo y proclama su identifica­ción con el actual Presidente. En su gobierno comenzaron las políticas económicas que han llevado a la postración a los industriales, los agricultores y los ganaderos de Colombia. Esas políticas fueron concebidas con la participa­ción de ministros liberales y de miembros muy representativos del partido conservador. López Michelsen se propone mantener en su administración, si el pueblo lo reelige, los mis­mos criterios que aplicó entre 1974 y 1978 en relación con asuntos vitales para el país como la política tributaria, el comercio internacio­nal, la política monetaria el sector energético y el régimen industrial. No se le ve ni se le oye propósito de enmienda alguno a pesar del daño que causaron las políticas econó­micas de su gobierno. Además, se ha declara­do dueño del partido liberal y considera que todo lo que esté fuera de la maquinaria buro­crática electoral no puede sobrevivir en la política colombiana.

En este momento, agobiado por la falta de argumentos para movilizar a los millones de ciudadanos que no aceptan la disciplina de maquinarias políticas envilecidas, ha resuelto apelar a la intimidación y a la amenaza. Mien­tras habla farisaicamente de la reconciliación y otros artificios, auspicia sin pudor alguno los agravios que formulan sus subalternos. Los liberales que escuchan sus llamamientos fundados en una supuesta defensa del partido no le pueden creer nada a un hombre que ha­ce cerca de ocho años tuvo el más grande po­der político en sus manos para emprender una profunda transformación social y eco­nómica de Colombia y a la hora de la verdad entregó las palancas vitales del poder al doctor Alvaro Gómez Hurtado. Además de los clave­les y las rosas, colocadas al lado de sus rejuve­necidos retratos, con los cuales quiere presen­tarse ante los colombianos con una nueva ima­gen primaveral que no corresponde a sus años ni a su trayectoria, el doctor López Michelsen anda otra vez por las plazas de Colombia dis­frazado de Caperucita Roja, sólo que ahora nadie le puede creer sus historias porque los colombianos sabemos que su gobierno fue de estirpe centroderechista en ningún caso de izquierda y ni siquiera de centro porque desencadenó la más grande concentración de poder financiero y económico que haya regis­trado nuestra historia en un solo gobierno; porque sepultó los restos del proceso de mo­dernización de las estructuras sociales y eco­nómicas del campesinado colombiano; porque detuvo el progreso alcanzado en la nacionali­zación de los recursos naturales y le dio a las empresas extranjeras mayor influjo en el con­trol del gas natural, el uranio y el carbón; por­que debilitó la industria nacional y abrió el camino para que la producción extranjera se apoderara de los mercados nacionales; porque permitió que los asalariados perdieran terreno en la distribución del ingreso nacional; porque impulsó las tesis monetaristas que hoy apasio­nan a Pinochet y a la señora Thatcher y que tienen hipotecados a los industriales y agricul­tores de Colombia con altísimas tasas de inte­res porque debilitó los procesos de planeación nacional y retrasó inversiones vitales en el sec­tor energético; porque creó el noticiero oficial de la televisión e introdujo la doctrina de los noticieros controlados directamente por líde­res políticos nacionales o por sus allegados; porque, en fin, el mandato claro que ahora se disfraza con la supuesta afiliación a la inter­nacional socialista tiene entre sus penosos balances el triste papel de enemigo de las em­presas estatales a las que impuso impuestos de renta para descapitalizarlas y conducirlas a la ruina en que se encuentran.

El doctor Gerardo Molina habla en nombre de un gran sector de la izquierda colombiana. Su voz es para nosotros respetable porque la respalda una vida ejemplar y un testimonio permanente y coherente sobre las ideas socia­listas tal como él las concibe y las ha defendi­do en la cátedra, en las corporaciones públicas y en los grandes foros nacionales.

Mi candidatura a la presidencia es la res­puesta de la nueva Colombia a una clase po­lítica agotada que hoy oprime al pueblo co­lombiano tanto en el partido liberal como en el partido conservador. Es una candidatura que se enfrenta a las dos maquinarias en nom­bre de nuestra Nación que necesita liberarse de una mentalidad política obsoleta, en buena parte culpable del atraso en que se halla nues­tro país y de la posición secundaria que tiene Colombia en el conjunto internacional. Esta candidatura se inspira en los ideales liberales pero tiene el apoyo de colombianos indepen­dientes que luchan por la renovación democrática para salvar el país del dilema extremis­ta en que desean encerrarlo los sectores de ins­piración totalitaria. No acepté esta candidatu­ra para buscar, como otros aventureros de la política la negociación de cuotas de poder. No me interesan esas cuotas, lo que buscó es el ascenso del pueblo organizado y consciente al poder. No he emprendido esta lucha como si se tratara de algo fácil y cómodo. Millones de compatriotas de clases medias y populares sólo tendrán alguna esperanza de transforma­ción para su existencia y la de sus hijos si mantenemos en alto la bandera y no claudi­camos frente a todas las incomprensiones, ofensas y hasta diatribas con las cuales pre­tenden desvirtuar nuestros esfuerzos. Hace varios años que tomamos la decisión de entre­gar todas nuestras energías a la formación de una nueva conciencia política en Colombia. No hemos pedido ni damos cuartel. Los idea­les de justicia y de libertad no se negocian. Buscamos construir una patria nueva, más libre, rica, justa y sabia. Nada podrá dete­nernos porque no somos tan sólo una voz, un nombre o una formación política. Habla­mos por una conciencia colectiva. Expresa­mos lo que sienten millones de colombianos a quienes habían arrinconado con simples rótulos partidistas mientras se explotaba el amor a un nombre o a una divisa para mon­tar roscas privilegiadas y oligarquías políticas.

Estamos enfrentados a la derecha liberal y a la conservadora. Combatimos los dos clientelismos, las dos maquinarias y los dos equipos responsables de las dos últimas administracio­nes. Proponemos la revisión total de las polí­ticas económicas aplicadas por estos gobiernos para acabar con la mentalidad especuladora que tiene arruinados a los sectores reales de la producción; defendemos la modernización ad­ministrativa e institucional del Estado para asegurar su desempeño eficiente en esta época de multiplicación de los factores internaciona­les que condicionan la vida de los colombia­nos; luchamos por asegurar la soberanía nacio­nal frente a los nuevos y crecientes riesgos de dependencia extranjera; auspiciamos el ingre­so a la política de los sectores tradicionalmen­te frustrados en la franja abstencionista y de quienes se hallan en la subversión; trabajamos por la restauración moral del Congreso y el rescate de las funciones fiscalizadoras a cargo de la Contraloría y la Procuraduría. Nos opo­nemos a la concentración de la riqueza en manos de los grandes conglomerados y pro­ponemos una reforma del sistema financiero para revitalizar los sectores productivos y pro­teger las oportunidades de industrialización de todas las regiones; creemos, en fin, en la democratización educativa como la condición necesaria del desarrollo y la consolidación de una democracia orgánica que integre las di­mensiones políticas, económicas y sociales de un Estado realmente consagrado al servicio de todo el pueblo. La defensa de estas responsa­bilidades no nos concede pausa alguna. Nues­tras ideas han triunfado en Bogotá, vamos a trabajar ahora por su victoria en el resto de la nación. El futuro pertenece a nuestros idea­les. Colombia espera, impaciente, que exten­damos nuestra acción liberadora a todos los rincones de la Patria. Somos el Nuevo Libe­ralismo que está construyendo la Nueva Co­lombia. ¡Ni un paso atrás compañeros y com­pañeras, siempre adelante!