D020 P033 | Relaciones de Colombia con América Latina y los Estados Unidos

Documentos Nuevo Liberalismo | Luis Carlos Galán

D020 P033 | Relaciones de Colombia con América Latina y los Estados Unidos

Por Félix Moreno Posada

1. EL AGOTAMIENTO DE LOS PROCESOS DE INTEGRACION ECONOMICA

Los cuatro procesos de integración económica de América Latina y el Caribe (Mercado Común Centroamericano, ALALC, Pacto Andino y Caricom) se han caracterizado por un ciclo de vida común, con las siguientes etapas: a) entusiasta creación y rápido avance en un primer período romántico de integración relativamente fácil, por arrancar casi de cero en los flujos de comercio; b) una disminución de la velocidad de avance en el logro de las metas trazadas; c) un estancamiento del proceso, al tropezar con intereses empresariales, que no fueron suficientemente tomados en cuenta por los diseñadores del instrumento de integración; d) un desmoronamiento de lo logrado ante el surgimiento de fuerzas internas o externas que reclaman atención inmediata y que hacen olvidar los objetivos de largo plazo.

Cada proceso ha tratado de corregir las fallas de diseño de sus antecesores y en algunos casos se han logrado avances más profundos. Sin embargo, más tarde o más temprano se llega al final del ciclo descrito.

En 1987 los cuatro procesos se encuentran en la cuarta etapa: el centroamericano quedó destrozado por los poderosos conflictos sociales y políticos de la región, no resueltos, ni siquiera planteados cuando se ideó el esquema. La ALALC trató de obtener más oxígeno transformándose en ALADI, pero esta segunda forma institucional no alcanzó a tener período romántico: nació paralizada, no fue capaz de poner en vigencia instrumentos tan sencillos como una preferencia arancelaria regional, meramente simbólica o de lograr la multilateralización de los acuerdos bilaterales o el pírrico trato preferencial en favor de los países de menor desarrollo económico relativo. El Pacto Andino fue fuertemente golpeado por la crisis internacional de los años 80, frente a la cual cada uno de los países decidió cerrarse más frente a los otros  socios que frente al resto del mundo, reduciendo sustancialmente el comercio interandino, CARICOM tiene serios problemas estructurales para lograr dar sus primeros pasos: sus integrantes todavía son colonias, en el sentido económico, de sus ex-metrópolis; el Caribe, al igual que Centroamérica, comienza a convertirse en campo de batalla de las dos grandes ideologías de nuestro siglo; el escaso tamaño de los países y su obligada apertura al comercio exterior no permite pronosticar un proceso de integración muy profundo.

Ante ese balance aparentemente tan oscuro, podría uno preguntarse si la integración es una aspiración utópica para la América Latina o por lo menos demasiado futurista para el nivel de desarrollo político alcanzado por los países. Creemos sinceramente que no, que la integración es el único camino que le queda a todos y a cada uno de los países latinoamericanos, incluido Brasil, a menos que éste o México intentaran profundos cambios en su sistema político y social para ampliar su mercado interno hacia la totalidad de su población, en cuyo caso tendrían bastante camino por recorrer ensayando la integración nacional antes de tener que recurrir a la latinoamericana. Para el resto de países de la región, incluida Argentina, la integración es la única forma económicamente correcta de crecimiento, si se exceptúa el intento de copiar el modelo del sudeste asiático, en el que es muy difícil que tenga éxito cualquiera de nuestros países, por razones culturales, sociales y políticas que no es posible imitar en este continente: gobiernos autoritarios o coloniales, escaso desarrollo político, ausencia de clases medias establecidas con partidos políticos que las representen, actitud espartana ante el trabajo y gran frugalidad en el consumo, que contrasta con la herencia ibérica de América Latina.

El modelo nacional de sustitución de importaciones está agotado en los países, siendo más temprano su agotamiento mientras más pequeño es el país: las economías de escala, a pesar de las nuevas tecnologías basadas en la microelectrónica que influirán poderosamente sobre la desescalación de los procesos industriales, seguirán siendo un poderoso enemigo de los países medianos como Colombia y pequeños como Bolivia o los de Centroamérica.

En resumen, los países latinoamericanos tienen ante sí tres opciones claramente diferenciadas:

a. la imitación del sudeste asiático, apoyados en una ideología neoliberal, modelo económico y político que recientemente ha fracasado en el Cono Sur, pero que aún cuenta con un crecido número de admirad ores ;

b. el encerrarse en la sustitución nacional de importaciones, más autárquica mientras más pequeño sea el país que la emprende;

c. repensar un nuevo esquema de integración, para buscar una sustitución de importaciones a escala latinoamericana, o por subregiones, dentro de las cuales la andina es la más claramente perfilada.

En realidad existe una cuarta opción que es la de mayor ocurrencia; la de no tener estrategia de desarrollo, o lo que es lo mismo, tener una en la que haya de todo: neoliberalismo, autarquismo e integracionisrno en oscilantes dosis y dependiendo más del gobierno y hasta del ministro de turno.

Lo que fracasó en América Latina en los años 70 y se hundió en los 80 no fue la idea de la integración, sino una modalidad de integración, de sesgo muy tecnocrático, diseñada básicamente por economistas que se inspiraron en el modelo europeo y que no tuvieron suficientemente en cuenta las enormes diferencias políticas y económicas entre Europa y América Latina. No podían ser iguales las instituciones para unas economías maduras, con su industrialización terminada y con una división internacional del trabajo ya definida antes de iniciar el proceso de integración, en la que cada país miembro tenía sólidamente establecidas sus ventajas comparativas.

América Latina tiene que buscar nuevos caminos para la integración regional, ya que el intento aislado de cada país por integrarse en el mundo entero o de aislarse resultará mucho más difícil y con menos probabilidades de éxito, que el de asociarse a los países hermanos de la región para emprender juntos todos aquellos proyectos que exceden las dimensiones nacionales.

Si hay alguna ciencia social que ha estado ausente del proceso de integración ha sido la ciencia política. Todos los esquemas de integración tenían demostrada su viabilidad económica, pero ninguno se preocupó por saber si era políticamente viable y todos se estrellaron por haber descuidado los factores más importantes de poder. En economías capitalistas no se puede hacer la integración en forma tecnocrática, imponiéndosela a los sectores empresariales, como se trató de hacer en el Pacto Andino. En economías de mercado el poder político tiene una base económica y esta base está en manos de los sectores empresariales.

La integración andina desconoció la estrecha relación de apoyo que existe entre grupos empresariales y gobiernos elegidos a través de costosas campañas de publicidad. No es políticamente lógico pensar en que un gobierno de ese origen va a atentar contra los intereses de los sectores productivos que lo respaldaron para beneficiar a los empresarios de un país vecino, que obviamente no tiene ninguna influencia sobre la política interna de los otros países asociados en el acuerdo subregional.

La integración andina hay que repensarla como la voluntariamente pactada entre los intereses empresariales y esto es posible por varios caminos: inversiones cruzadas de unos capitales andinos en los otros países, acuerdos comerciales y de complementación industrial bi o plurilaterales y algunos otros mecanismos similares a los pactados en ALADI. La integración de los capitalistas andinos no se puede hacer desde arriba, por decreto; es necesario acercarlos en ocasiones caso por caso, mediante instrumentos de política económica como las empresas multinacionales andinas, las que deberían tener mayores privilegios para que resultaran atractivas a los empresarios y mediante una intermediación del Estado, asociándose como inversionista a grupos privados de dos o más países para la creación de empresas de integración.

 

2. LA POSIBILIDAD DE LOGRAR UNA POSICION POLITICA CONJUNTA

Ha sido un sueño latinoamericano el de formar algún día los Estados Unidos del sur para luego dialogar con los Estados Unidos del Norte. Esa meta, por lejana que parezca, debe seguir inspirando nuestra visión del continente. Pero sería ilusorio no reconocer que aún estamos muy lejos de ella y que sólo frente a agresiones militares o económicas procedentes del norte es posible unir, momentánea y emocionalmente, a toda la región, o por lo menos a la de origen ibérico, como en la reciente y dolorosa guerra de las Malvinas , la cual nos renovó la creencia, ya confirmada por experiencias anteriores, de que América Latina tiene en común con los Estados Unidos sólo una frontera y que la comunidad de intereses con los socios de la OTAN es muchas veces más fuertes que cualquier “Unión Panamericana” , elegante expresión diseñada para ratificar el poder imperial de los Estados Unidos sobre sus vecinos del sur.

Cuando la agresión no es tan evidente o no puede ser fácilmente comprendida por las opiniones públicas de nuestros países, como la que actualmente sufrimos a través del Fondo Monetario Internacional, la cohesión latinoamericana no se logra fácilmente e incluso hay prestigiosos latinoamericanistas como el anterior Secretario Ejecutivo de la CEPAL que reforzaba la instrucción norteamericana de que la deuda externa era un problema singular de cada país y que por tanto no era necesaria ni conveniente la formación del sindicato latinoamericano de deudores para enfrentarse al sindicato transnacional de acreedores. Las principales economías de la región (Brasil, México, Argentina y Venezuela) se dejaron tentar por la oferta de que su problema de deuda externa se les solucionaría más fácilmente si no se sindicalizaban. Colombia entró a participar de la misma tesis, aunque hay que reconocer que fue uno de los primeros en manifestar que el problema de la deuda externa era más político que económico. Es posible que esta idea y la lógica sindicalización de América Latina finalmente se impongan, pues el problema de la deuda lejos de haber sido desmontado apenas comienza. Cuando las políticas de hambre impuestas por el Fondo Monetario Internacional comiencen a poner en jaque las flamantes y viejas democracias del continente, la unión será perentoria y se habrá descubierto en todo su alcance la perversidad social de las recetas del fondo.

¿Cuál es el foro adecuado para acelerar la formación de la posición política conjunta de América Latina frente al problema de la deuda externa, o frente a la agesión norteamericana a un país centroamericano o del Caribe, o frente a otro gran problema que sea visto como una agresión contra toda la región? Evidentemente que no es la OEA, los que conocen esa organización por dentro saben del grado de descomposición a que ha llegado y el sometimiento en que vive frente al Departamento de Estado. Pretender formar la posición conjunta latinoamericana por medio de nuestros representantes en Washington es como planear una guerra desde el cuartel general del enemigo.

El Sistema Económico Latinoamericano (SELA) se diseñó como heredero de la CECLA, organización ad-hoc que actuó a finales de los años sesenta como foro coordinador de las posiciones latinoamericanas. A pesar de su corta vida, la CECLA es recordada por documentos tan certeros como el Consenso de Viña del Mar, el cual con gran claridad y visión, definió los intereses de América Latina en forma tal que puede tener aún vigencia en casi todos sus contenidos.

El hecho de que la CECLA haya tenido tan corta vida muestra lo difícil que es coordinar en una sola posición intereses políticos tan dispares. Si en este momento existiera, la CECLA tendría que unir las tiránicas dictaduras de Paraguay y Chile con las democracias derechistas de Honduras, Salvador, Costa Rica y Ecuador, con las democracias centristas de Brasil, Argentina, Uruguay, Venezuela y Colombia y finalmente con los gobiernos hegemónicos de izquierda de Nicaragua y Cuba.

No parece viable llegar a una posición conjunta latinoamericana sino en casos muy contados y en donde el asunto tenga poco que ver con la ideología. En los próximos años tal consenso va a ser cada vez más difícil, ya que la crisis internacional y los efectos económicos internos de la misma van a ampliar el espectro ideológico latinoamericano. Es factible que la experiencia de Nicaragua se extienda a otro país centroamericano o que alguna de las renacientes democracias del Cono Sur vuelva a caer en manos de una represiva dictadura de derecha ante la incapacidad de dar soluciones a los graves problemas sociales que tales democracias heredaron de las pasadas dictaduras.

Se puede afirmar que América Latina ha explotado políticamente y sus Estados miembros, como las estrellas de una galaxia, tienden a separarse cada vez más en el inmediato futuro. A más largo plazo es posible una reunificación de su pensamiento político, cuando profundos movimientos reformistas hayan creado formas de gobierno que resuelvan los problemas elementales del hombre latinoamericano, que los sucesivos ciclos de regímenes democráticos y dictaduras militares han sido incapaces de solucionar.

Podría pensarse en reforzar al SELA, dándole la posibilidad de convocar a los países para discusiones políticas, sin perjuicio de sus funciones económicas, teniendo muy presente que esas nuevas funciones convertirían al SELA en foro de discusión y de intercambio de información entre los países latinoamericanos e incluso de acercamiento, pero desde un principio debería aceptarse que si no se logran posiciones conjuntas en lo político, no significaría un fracaso para la organización, como no lo es que las Asambleas de Naciones Unidas que agrupan a más de 150 naciones, no lleguen a posiciones unificadas. Es y será lo normal, siempre habrá ideologías enfrentadas en el mundo y es más natural el conflicto que la cooperación.

  1. ELEMENTOS DE UNA NUEVA POLITICA COLOMBIANA EN RELACION

Un movimiento de centro-izquierda en Colombia debería alejarse en muchos aspectos de las posiciones que en política internacional han sostenido los partidos tradicionales y configurar un pensamiento progresista, que lo diferencie principalmente de las incoherencias del anterior gobierno, al que hay que reconocerle que verbalmente intentó salirse de la nefasta inspiración de Don Marco Fidel Suárez, la del “respice polum” mirar a la estrella de Norteamérica.

Una política internacional progresista y coherente tendría que dar respuesta a los siguientes temas fundamentales:

— El de la no alineación frente a las dos grandes potencias.

—El de responder si es aceptable o no el surgimiento de gobiernos socialistas en América Latina.

Si se logra claridad ante estas dos vitales preguntas, los demás principios que la formen vendrán como consecuencia de las respuestas que se den.

Intentemos analizar estos dos grandes temas.

3.1 La no alineación frente a las dos grandes potencias

La dependencia política de un país en relación con otro es vista universalmente como una disminución de su soberanía. Hay casos en que esa dependencia es inevitable por razones geográficas, como en el caso de los micropaíses: San Marino, Liechtenstein y Andorra en Europa, Lesotto en Suráfrica, los cuales son islotes mediterráneos, que limitan con el país o países de los cuales dependen económicamente.

Menor dependencia forzosa tienen las pequeñas islas localizadas a pocos kilómetros de las costas de países más grandes, como las Antillas Neerlandesas, las cuales llegaron a ser recientemente independientes por el tardío desmonte del colonialismo de los siglos anteriores y tienen con sus vecinos continentales casi todo su comercio de productos agrícolas o industriales.

Alta es también la dependencia de los países mediterráneos frente a aquellos que les dan su salida al mar, como en el caso de Paraguay y Bolivia en Suramérica o Chad y Mali en Africa.

Otra muy distinta es la dependencia de las “áreas de influencia” o los “patios traseros”, que no es producto de un determinismo geográfico, sino de una voluntad imperialista, como la de los Estados Unidos en América Latina o la de la Unión Soviética en Europa Oriental. Esta dependencia económica y política contrasta con la situación de países como Corea del Sur, el cual está ubicado a unos cuantos centenares de kilómetros de Japón y nadie ha dicho que su economía o su sistema político sean dependientes de la pujante nación oriental, corregida ahora de sus pasados delirios imperiales.

En resumen, la no alineación, entendida como la búsqueda de máxima independencia frente a las dos grandes potencias mundiales, debería ser uno de los principios orientadores de la política exterior de un movimiento de centro-izquierda.

Pasemos ahora al segundo punto, que es mucho más complejo que el anterior, pero con el que guarda cercana relación.

3.2 Posición frente a los movimientos y gobiernos socialistas en América Latina

Para una detallada explicación de este asunto dividamos los sistemas sociales en tres grandes categorías:

—Capitalismo puro

—Capitalismo socializado

—Socialismo

La clasificación propuesta incluye la categoría capitalismo socializado. Esto quiere significar una economía en la que están socializados los servicios básicos (educación, salud, vivienda, servicios públicos) y en la que existe una importante participación del Estado en la redistribución del ingreso. En algunos países clasificados en esta categoría también están socializadas las empresas más grandes o las de los sectores básicos (bancos, minería, petróleo, etc.).

En el capitalismo puro la socialización es mínima, como ocurre en los Estados Unidos o en los país capitalistas de América Latina (todos con excepción de Cuba y Nicaragua).

Hay países que en un momento dado están en la frontera entre el capitalismo puro o el capitalismo socializado, como Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica, etc., debido a que hay cierta socialización de las necesidades básicas, pero si el partido de gobierno es conservador trata de desmontar, en la medida que le es posible, esa socialización.

En el socialismo casi toda la economía es estatizada y sólo áreas marginales como producción agrícola excedentaria e industria y comercio pequeños están en manos privadas. Sin embargo ya comienza a aparecer una cuarta categoría que por analogía podríamos llamar “socialismo privatizado”, el cual será un interesante modelo a estudiar en los próximos años, si progresan las experiencias de China, Hungría y Yugoslavia, principalmente.

La diferencia principal entre el “capitalismo socializado” y el “socialismo privatizado” no radica en definir cuáles sectores pertenecen al área estatal y cuáles a la iniciativa privada, ya que esto no es lo sustancial. Lo que los diferencia es que el primer sistema acepta pluralidad de partidos, mientras que el segundo admite romper el monopolio estatal sobre la producción pero no sobre la dirección del Estado. Todavía es demasiado prematuro afirmar si se consolidará el “socialismo privatizado”, por lo cual lo dejamos fuera de nuestra clasificación.

Políticamente los países se pueden dividir en tres categorías:

—Dictaduras personales

—Regímenes de partido único

—Regímenes democráticos

Los regímenes de partido único en algunos casos permiten a otros partidos presentarse a las elecciones, como en México y Nicaragua. En otros este derecho está prohibido por la Constitución, como en la mayoría de los países de socialismo burocrático y el régimen es abierto y declaradamente monopartidista (también, Argelia, Afganistán, Tanzania, etc.).

En las dictaduras personales lo central es la figura del dictador, aunque en ocasiones se quiera recubrir de ropaje de legalidad, como en el caso del Paraguay, en el que el Partido Colorado se convirtió en títere de Strossner.

En el socialismo burocrático también se dan las dictaduras personales y hasta hereditarias, en que el heredero es familiar del dictador (Corea del Norte, Rumania) o no lo es (Albania). La Unión Soviética fue una dictadura personal bajo Stalin, pero nunca ha sido hereditaria, por la costumbre de los últimos 20 años de mantener el Secretario General del Partido Comunista hasta su muerte, con Io que pierde el poder de elegir sucesor.

Con estas aclaraciones, podemos intentar elaborar el siguiente cuadro, recordando que toda clasificación tiene algo de arbitrario y de incompleto y que sólo debe utilizar para hacer luz sobre algunos fenómenos oscuros en apariencia.

Lo más resaltante del cuadro es que hemos puesto un signo de interrogación en el cruce de las categorías “socialista” y “democrático”. ¿Puede existir en el siglo XX el socialismo democrático? Posiblemente no. Es como alguno de esos elementos químicos recientemente descubiertos, cuya estabilidad como tal sólo dura fracciones de segundos. El socialismo democrático como experimento que se ha intentado varias veces, es inestable por tener que enfrentar un ambiente hostil de origen capitalista y termina en capitalismo o en socialismo no democrático. No es posible citar un solo caso histórico estable de verdadero socialismo y verdadera democracia. Estos experimentos probablemente tendrán éxitos en los próximos siglos, cuando el socialismo no aterrorice a los capitalistas o cuando el capitalismo sea un sistema social en extinción.

Ha sido necesaria esta larga introducción para poder plantear en forma racional y no emotiva, cuál debe ser la posición de un movimiento de centro-izquierda frente a los movimientos y gobiernos socialistas de América Latina.

Comencemos por decir que la posición de los partidos tradicionales colombianos ha sido incoherente con los principios que dicen compartir:

Se acepta tener relaciones diplomáticas con un gobierno socialista que llegó al poder por la fuerza (Cuba), pero se hace todo lo posible para que no ocurra otra experiencia semejante.

—Se acepta el principio de autodeterminación de los pueblos, siempre que esa autodeterminación propugne por una economía capitalista y se acepta violar el principio cuando el resultado puede ser otro país socialista.

—Se mantienen cordiales relaciones con ominosas dictaduras capitalistas, mientras que no existen o existen muy frías con países socialistas o de capitalismo socializado.

Un movimiento de centro-izquierda debe tener claro si seguiría propiciando las relaciones diplomáticas con Nicaragua en el caso de que desaparecieran los partidos de oposición en ese país.

Pero es necesario ir más a fondo: Ante el aborto de los experimentos de socialismo democrático (Chile 1973, Bolivia 1971, etc.), a varios pueblos latinoamericanos no les queda otra opción que la del socialismo a secas para salir de la explotación y la miseria extrema. Ese puede ser el caso de algunos países centroamericanos.

Ese cambio de sistema social no puede darse como un conflicto exclusivamente interno entre grupos nacionales. Cuando una vieja dictadura derechista se siente amenazada por movimientos de tendencia socialista, pide de inmediato el apoyo de la nación tutelar del capitalismo: los Estados Unidos, cuya intervención en los conflictos latinoamericanos es aceptada y aun reclamada, como lo fue por el expresidente Turbay en su gobierno, mientras que la intervención de la otra gran potencia (la Unión Soviética) es rechazada, como una abierta violación a las reglas del juego.

En síntesis, es imposible el tránsito del capitalismo al socialismo como la solución de un conflicto exclusivamente nacional, ya que el gobierno capitalista amenazado es el primero en invocar los tratados militares vigentes para reclamar la protección de la nación tutelar.

El no aceptar la internacionalización encubierta del conflicto equivale a pronunciarse por el mantenimiento del statu quo, pues un pueblo desarmado no puede ganar la batalla por el poder a un ejército armado mediante la tradicional “ayuda militar”, cuando las vías de transformación democrática están obturadas, como lo han estado en Centroamérica, con excepción de Costa Rica.

3.3 Acercamiento a los movimientos progresistas

Entendemos por movimientos progresistas aquellos que tienen como punto principal de su programa de gobierno el logro de la satisfacción de las necesidades básicas de toda la población, a corto y mediano plazo, las cuales no se dejan postergadas para cuando el crecimiento de los sectores más ricos gotee ingresos sobre los más pobres (desarrollismo).

En América Latina infortunadamente la satisfacción de las necesidades básicas en forma más o menos inmediata sólo ha sido emprendida por movimientos o gobiernos de tendencia socialista: las dictaduras cubana y nicaragüense y el gobierno democrático de Allende. Aparentemente todos los movimientos políticos que aceptan el capitalismo como el sistema social dentro del cual deciden ejercer su acción, también aceptan que la satisfacción de las necesidades básicas es un proceso que sólo puede concluir a muy largo plazo, a pesar del alto costo social de esta postergación.

Un movimiento de centro izquierda debería privilegiar dentro de su programa de gobierno la satisfacción de las necesidades básicas, lo que lleva implícita su preferencia por un capitalismo socializado. Los otros movimientos o gobiernos latinoamericanos que buscan estas metas deben ser interlocutores más cercanos que aquellos movimientos o gobiernos simplemente democráticos, a los que sólo preocupa el mantenimiento de la democracia formal y que tradicionalmente han puesto en lugar muy secundario la satisfacción de tales necesidades.

 

4. POSICION FRENTE A LOS ESTADOS UNIDOS

Las relaciones de Colombia con América Latina y con Estados Unidos están estrechamente relacionadas en teoría y en la práctica llevada a cabo en las décadas anteriores. El intento de mantener la relación especial con los Estados Unidos implicaba secundarizar el acercamiento a los otros países latinoamericanos. Un movimiento de centro izquierda debería invertir esas prioridades. Su objetivo principal de la política exterior sería el acercamiento y consulta permanente con otros países latinoamericanos. Evidentemente que esto no significa que las relaciones con los Estados Unidos van a ser marginales, no lo podrían ser, dado el poder y tamaño de aquella nación. Pero deben quedar olvidadas las épocas en que nuestro país consultaba con el gobierno norteamericano antes de definir su posición frente a problemas mundiales o regionales. Deben quedar enterradas experiencias tan vergonzosas como las del gobierno colombiano de 1978 a 1982, que le pidió al norteamericano cumplir con su misión de Estado protector del capitalismo en el hemisferio occidental.

La posición propuesta frente a los Estados Unidos se podría resumir así:

a. En lo cultural, se debería desestimular el intercambio con los Estados Unidos, ya que la abierta penetración a que estamos sometidos nos impone un patrón de consumo que lógicamente debe ser satisfecho imitando los productos de origen norteamericano. Esta dependencia cultural debería ser atacada sobre todo en medios de comunicación, colocando barreras arancelarias y no arancelarias a las películas para cine y televisión y a la música norteamericana. En cambio se fomentarían los intercambios de películas y discos procedentes de otros países latinoamericanos y del Tercer Mundo y de otros desarrollados como los europeos.

b. En lo científico el intercambio con los Estados Unidos sigue siendo indispensable, ya que este país aún conservará por algunos años más el liderazgo como primera potencia científica del globo. Sin embargo nuestra política de especialización en el exterior debería dar incentivos para que los graduados colombianos trataran de diversificar el lugar de su postgrado. Se podría adelantar un atractivo programa de becas con Argentina, Brasil y México en América Latina. Un acercamiento a importantes países asiáticos como India, Corea del Sur, China, Singapur, etc., sería altamente deseable como el inicio de una estrategia de acercamiento al Pacífico.

c. En lo tecnológico, deberíamos estar más interesados en adquirir tecnologías de proceso y menos las de producto. Por tanto se desestimularía la falsa transferencia de tecnología ligada a marcas norteamericanas. Si se es acrítico frente a la entrada de tecnologías de producto, se está importando implícitamente el modelo de vida norteamericano y en esta forma estamos amarrando todos los vértices del fenómeno de la dependencia.

d. En lo comercial deberíamos hacer grandes esfuerzos por desconcentrar nuestro comercio exterior, el cual se ha realizado con los Estados Unidos, por varias décadas, en más de un 50%. Por esta razón los programas de integración deben recibir permanente y activo respaldo, para tratar de que por lo menos el 40% de nuestro comercio se haga con América Latina antes del año 2000.

e. En lo financiero, la dependencia acentuada de la deuda externa, principalmente de origen norteamericano, nos obligará a una negociación permanente con el gobierno y la banca de ese país. Sería conveniente una desconcentración futura de la deuda, buscando fuentes europeas y japonesas.

f. En lo militar, sería aconsejable cortar todo tipo de cooperación con los Estados Unidos. Esto incluiría la denuncia del TIAR, la no participación en el Consejo Interamericano de Defensa ni en operaciones militares “conjuntas”, como la UNITAS; la terminación del entrenamiento militar de nuestros oficiales en Estados Unidos, en Panamá o en cualquier otro país donde existan bases norteamericanas. Simultáneamente se debería buscar un acuerdo latinoamericano para evitar el armamentismo.

h. En lo político, las relaciones estarían marcadas por una total neutralidad frente a los bloques mundiales, oposición a la carrera armamentista, beligerancia frente al peligro nuclear, insistencia en el Tratado de Tlatelolco y defensa del principio de autodeterminación, aunque esto conlleve a experimentos socialistas.

En síntesis, nos tenemos que acercar más a América Latina para ser menos dependientes de Estados Unidos y nos tenemos que alejar de Estados Unidos para poder estar más cerca de América Latina.