D037 P010 | Por una Labor Política Transformadora

Documentos Nuevo Liberalismo | Luis Carlos Galán

D037 P010 | Por una Labor Política Transformadora

PRIMER CONGRESO NACIONAL DEL NUEVO LIBERALISMO

Agosto 2 de 1985

El Primer Congreso del Nuevo Liberalismo que hoy inicia sus deliberaciones es el resultado de un prolongado proceso político que ha significado para nuestra organización un profundo progreso y que debe tener inmensas proyecciones en el futuro de Colombia. Si bien en el Nuevo Liberalismo hemos realizado durante los últimos cuatro años de labores, a escala nacional, numerosas reuniones y juntas para examinar la situación de Colombia y definir nuestras líneas de acción política, ésta es la primera ocasión en que nos encontramos delegados de todo el país elegidos por todos los niveles de la organización territorial. Hace un año, los compañeros del Nuevo Liberalismo del Atlántico dieron el primer paso en el proceso del Congreso Nacional con su asamblea, después de ellos todas las demás regiones de Colombia hicieron lo mismo para reorganizar sus directivas y elegir los delegados a este Congreso. También fue Barranquilla, en febrero de 1985, la primera sede de los foros cumplidos a lo largo del último semestre en todas las regiones del país. Como resultado de los dos procesos, el de organización política y el de desarrollo ideológico, en los cuales han participado miles de miembros del Nuevo Liberalismo y de ciudadanos interesados en nuestras tesis, se reúne este Congreso Nacional que realizará una evaluación de lo que ha hecho nuestra fuerza política y definirá lo que debe hacer el Nuevo Liberalismo durante los próximos cuatro años.

 

BALANCE DE SEIS AÑOS

La reflexión inicial es un balance. Han transcurrido seis años desde la inauguración —el 1 de septiembre de 1979— de la Casa Liberal en Bucaramanga, donde se formalizó el compromiso de crearle a Colombia una posibilidad auténtica de renovación democrática y de rescatar al liberalismo de la crisis en que se halla desde hace muchos años. Desde aquella fecha ya hemos afrontado con éxitos crecientes cuatro verificaciones electorales. El mensaje proclamado en Santander se convirtió en una opción nacional en 1980 por el apoyo de Bogotá, Cundinamarca y el Huila y se precisó en Antioquia, en 1981, cuando se hizo la proclamación de la candidatura presidencial en Rionegro. En estos años he visitado por lo menos nueve veces todos los departamentos y con la solidaridad y el trabajo de todos ustedes nuestras banderas fueron izadas en la inmensa mayoría de municipios del país. Hemos promovido un profundo debate sobre el funcionamiento del Estado, la vida de los partidos políticos y el destino de Colombia. Incorporamos al proceso político a centenares de miles de colombianos para que se consolide la legitimidad del sistema democrático y centenares de líderes han tenido oportunidad de iniciar una carrera de servicio público. Nuestras tesis han llegado a la conciencia colectiva de los colombianos y han suscitado reflexiones, polémicas y contradicciones en todos los sectores políticos. Influimos en el Congreso Nacional en decisiones cruciales sobre política económica, proceso de paz, servicios públicos, modernización de los medios de comunicación y en debates sobre los más diversos asuntos de interés público. No voy a repetir hoy los balances que figuran en varios de los discursos pronunciados en las convocatorias de los últimos años, sólo quiero decirles que sin las actitudes del Nuevo Liberalismo, desde 1982, frente al problema del narcotráfico y, en forma especial, sin el testimonio heroico de Rodrigo Lara y Enrique Parejo la Nación se hubiera precipitado en el abismo por culpa de los más terribles flagelos del mundo moderno; decir, además, que sin la respetabilidad y equilibrio de quienes en nombre del Nuevo Liberalismo han ejercido la vigilancia y el control de la organización bancaria del país, Germán Botero de los Ríos y Germán Tabares, la crisis del sistema financiero de 1982 hubiera causado un cataclismo económico, con gravísimo perjuicio para todos los colombianos; agregar, finalmente, que sin el valor, la honestidad y la inteligencia de Nora Rey de Marulanda, la crisis cambiaria y de comercio exterior hubiera determinado la ruina del país o el más escandaloso manejo de las escasas divisas disponibles con grave daño para los sectores productivos y para los trabajadores. En las gobernaciones de Sucre, Caldas, Cundinamarca y Córdoba donde han actuado compañeros nuestros han dejado una huella de honestidad administrativa, espíritu creador y mentalidad democrática para respetar los derechos de las distintas corrientes de opinión. Del mismo modo, en otros niveles territoriales los miembros del Nuevo Liberalismo han ejercido funciones públicas con eficacia y lealtad a los valores que le hemos propuesto a la Nación.

 

CONCIENCIA LATINOAMERICANA

Hemos estudiado a Colombia con responsabilidad, con devoción y con tanto detalle como lo revela el proyecto de plataforma política que examinará este Congreso. Adquirirnos conciencia de la situación latinoamericana y hemos incorporado al debate político esa perspectiva sin la cual no entenderemos el destino de Colombia ni sus responsabilidades en el escenario internacional.

Cierro este balance inicial, con las mismas palabras pronunciadas el 30 de noviembre de 1982 cuando invitaba a los compañeros a reflexionar sobre la naturaleza de nuestra misión. Estas palabras de hace dos años y medio mantienen su validez, especialmente a la luz de los acontecimientos de esta nueva hora de definiciones cruciales: Escúchenme, por favor, compañeros: “No tenemos la vanidad de decir que estamos libres de problemas y riesgos. La resistencia al cambio es más profunda de lo que pueda imaginar un observador desprevenido de la política nacional. En el pasado próximo y remoto se frustraron otros esfuerzos de gentes que de buena fe intentaron abrir caminos y no faltan los escépticos que confunden al Nuevo Liberalismo con otros movimientos electorales que se agotaron al conseguir unas cuantas curules o unos pocos cargos burocráticos. También existen ilusos que se imaginaban posible el cambio total e inmediato de la sociedad merced a nuestra acción. El oportunismo y el irunediatismo son enemigos habituales de toda labor política transformadora. Además, algunos medios de comunicación son avaros y superficiales al describir nuestras labores y no faltan las tergiversaciones de quienes buscan prefabricar hechos políticos con titulares especulativos o imaginarios. Tenemos problemas de comunicación y nuestra organización requiere una nueva estructura y mayores recursos. Todos estos obstáculos y otros más difíciles son previsibles y se multiplicarán en el camino. Los ideales que nos guían no son fáciles ni cómodos: queremos renovar la mentalidad política de la Nación y buscamos generar cambios cualitativos en el manejo de los asuntos públicos para construir un país moderno. Tenemos, por tanto, objetivos que hieren intereses, rompen privilegios y exigen responsabilidades. Ningún derecho, ninguna libertad, ningún progreso humano ha dejado de pagar su precio en sacrificios, en renunciamientos y en sangre. Quien no lo entienda así no debe vincularse a la lucha renovadora en que nos hallamos. Esta misión requiere fe, lealtad, carácter, disciplina y sinceridad. Yo estoy seguro que tales cualidades abundan en vastos sectores del pueblo colombiano y por eso asumí la responsabilidad de dirigir el Movimiento por el Nuevo Liberalismo”.

 

¿QUE DEBEMOS HACER AHORA?

¿Qué nos falta? ¿Qué debemos hacer ahora? Estas preguntas las responderá el Congreso y para contribuir al examen de estos tres días deseo expresar algunas consideraciones sobre el marco político general, las alternativas que se presentan a Colombia, el proyecto que proponemos, nuestras relaciones con el resto del liberalismo, nuestros mensajes a los independientes, las responsabilidades de este Congreso y la evaluación de nuestros recursos y de nuestras fallas.

 

LA PREPARACION DEL GOBIERNO

Al terminar este Congreso tendremos una plataforma política muy seria y completa que superará ampliamente los diagnósticos de 1981. Todos sabemos que es el resultado del más extenso y auténtico proceso de expresión del pueblo colombiano; sin embargo, por serio y fecundo que haya sido este trabajo, ahora tendremos que perseverar en la preparación del futuro desempeño en el gobierno y en las Corporaciones Públicas. Cada proposición de la plataforma debe traducirse en nuevas fórmulas constitucionales y legales según el caso, o en instrucciones todavía más precisas y detalladas para la orientación de las futuras acciones estatales de modo que en agosto del año próximo tengamos en nuestro poder los elementos esenciales de un verdadero plan de desarrollo económico y social así como las garantías de la realización de nuestro proyecto político. Si esto debe ser así en el nivel nacional, con mayor razón en el ámbito de los departamentos y municipios necesitamos profundizar los conceptos y concretar los criterios de las futuras acciones gubernamentales. Más estudio, más observación, más reflexiones y más información, porque nunca termina este escrutinio de las realidades sociales y estas iniciativas y programas que provienen de opiniones democráticas deben convertirse en convicciones del pueblo, no sólo para confiarnos su respresentación sino para darnos apoyo en el momento en que asumamos responsabilidades de gobierno.

 

LA SOBERANIA DEL PUEBLO

Las elecciones en Colombia son relativamente libres y competitivas, por lo tanto, todavía será necesario insistir en la búsqueda de plenas garantías para que el próximo año no haya sombra alguna sobre el derecho del pueblo a expresar su voluntad. Ni las acciones terroristas, ni los desplantes subversivos, ni las intimidaciones soterradas, ni la compra de votos, ni los privilegios informativos, ni el poder de las tesorerías pueden impedirle al pueblo colombiano que en estas decisiones trascendentales ejerza la plenitud de sus derechos soberanos. Confiamos en la recta intención del Presidente Betancur de garantizar no sólo su imparcialidad sino la libertad de decisión del pueblo y esperamos que esa intención justa se traduzca en hechos a partir de lo que ordena la Ley y gracias a una conducta eficaz e irreprochable de las autoridades.

 

SOLIDARIDAD Y TRABAJO

No podemos estar satisfechos con nuestra organización política. Es desigual. En la mayoría de los departamentos se trabaja con abnegación y eficiencia, pero hay varias regiones donde nos hallamos estancados y no se ha asimilado la mentalidad creativa y laboriosa que se requiere para conseguir la victoria de nuestros ideales. Mis palabras no son de recriminación sino de reflexión. Algunos compañeros asumen actitudes un tanto triunfalistas y no trabajan en forma adecuada porque confían en el éxito automático del Nuevo Liberalismo. En el otro extremo no faltan los que sienten desaliento, desconfían del pueblo y se sienten abrumados por los poderes privilegiados de nuestros adversarios y piensan que todo se reduce a progresos dignos pero graduales.
También hemos tenido incomprensiones injustificadas hacia la tarea de algunos compañeros en el gobierno. Surgen celos, susceptibilidades e impaciencias que ponen a prueba nuestra madurez. Casi todos los que se han retirado en las últimas semanas en Cundinamarca y dos o tres departamentos más, lo han hecho por frustraciones de sus apetitos personales y porque nunca entendieron que nuestro compromiso es sincero y en serio, de modo que a la hora de ser leales a una nueva manera de hacer política los sedujo el primer halago publicitario del establecimiento privilegiado o les sirvió el primer pretexto para abandonar la causa. Estas conductas son equivocadas y peligrosas. Tenemos una clara responsabilidad de victoria, pero tenemos que merecernos esa victoria y lograrla en forma armónica y, simultáneamente en todo el país. Estos años de lucha empiezan a dejarnos experiencias. Debemos aprender que toda fuerza política democrática y liberal en sus principios y en su comportamiento está expuesta a sufrir periódicas contradicciones internas. No nos atemoricemos si hay desacuerdos, lo importante es afrontarlos con recta intención y sin presumir mala fe en el antagonista. Las contradicciones enriquecen si son honestas y si se tiene la madurez de superarlas dentro de procesos limitados en el tiempo. Nuestra solidaridad interna es definitiva, porque sólo así le transmitiremos confianza a la opinión o de lo contrario correremos el peligro de gastar la mayor parte de nuestras energías en procesos de ajuste y consolidación de nuestras propias filas cuando nos esperan todos los sectores marginales y escépticos de la Nación que van a definir en los próximos diez meses si merecemos su credibilidad según lo que demostremos con la coherencia y eficacia de nuestro comportamiento.

Como lo explicaré en este discurso, nuestra responsabilidad es muy especial. El proceso social y político nos ha convertido en opción única de cambio en el corto plazo. Marcar distancias con las viejas y envilecidas maquinarias es indispensable, como lo es también con quienes en vez de buscar soluciones por medio del diálogo y la razón sólo creen en la violencia o en las fórmulas totalitarias. De uno y otro lado sufriremos ataques y tergiversaciones. Es inevitable que así sea. Lo importante es que el conflicto no se vuelva interno por el egoísmo de las aspiraciones políticas o la mala fe de utilizar al Nuevo Liberalismo sin creer sinceramente en sus postulados ni en la seriedad de nuestro compromiso con la Nación.

 

DESARROLLAR LA DEMOCRACIA

Para poder examinar las opciones que se le ofrecen al pueblo colombiano, es necesario señalar cuáles son los principales problemas que vive Colombia. Lo primero es acabar la violencia superando sus causas políticas. Esto significa buscar una salida al esquema político con el cual han querido prolongar indefinidamente el Frente Nacional como si el acceso a las decisiones del Estado fuese un privilegio de determinados sectores políticos. La tarea es desarrollar la democracia, porque no se pueden armonizar las relaciones entre el Estado y la sociedad si no se logra un consenso nacional sobre los valores y las instituciones de la democracia.

Colombia no ha logrado su verdadera unidad. Siete generaciones han trabajado desde la independencia para construir la nacionalidad y las instituciones que la expresen y la garanticen con resultados aún incompletos. Empieza el influjo de la octava generación y, por lo menos, se puede afirmar que alcanzan a convivir tres en el proceso actual. Existe un pasado que nos une, aun cuando no hay verdadera conciencia sobre ello. Al propio tiempo todos tenemos la responsabilidad de proteger los derechos de nuestros descendientes. Ese pasado encierra una herencia para fortalecer, no para dilapidar. El futuro está lleno de oportunidades, retos e incógnitas, pero esa es nuestra vida y lo que más le da significado al porvenir es pensar que depende de nosotros, podemos influir en él, cambiarlo o determinarlo por nuestras acciones.

La Patria está en peligro. Todos lo sabemos. Veamos qué le proponemos las distintas vertientes que apoyamos la Constitución y cuál es nuestro proyecto. Empecemos por las alternativas que no compartimos.

 

LA HEGEMONIA BIPARTIDISTA

La primera hipótesis es depositar en el partido liberal o en el partido conservador el destino de la Nación. La verdad es que ambos partidos están en graves crisis y no se hallan en condición de proponer un camino diferente de los conocidos, los cuales han determinado tantas frustraciones. En Colombia hubo bipartidismo, hoy no lo hay. El bipartidismo no es bueno ni malo por sí mismo. Como toda fórmula política, su validez depende de las circunstancias concretas de una Nación, las cuales necesariamente evolucionan. Es equivocado creer que el bipartidismo es la única versión posible de la democracia. Pero sobre todo no hay nada más peligroso que un falso bipartidismo, es decir lo que ha sucedido en Colombia por la decadencia de los partidos y el surgimiento de un sistema de hegemonía bipartidista debido a coaliciones obligatorias, como las que hubo en el Frente Nacional, o por coaliciones subsidiarias a través de las confusas interpretaciones del parágrafo del artículo 120. Si bien he sostenido que el bipartidismo se convirtió en un curioso sistema de partido único, no fui el primero en decirlo. El más autorizado en señalar la trascendencia de este problema fue el doctor Alberto Lleras Camargo en el último discurso pronunciado en noviembre de 1981, cuando hizo paralelos con el propio modelo mexicano. Alberto Lleras Camargo construyó el Frente Nacional y ese fue su aporte estelar a la transformación política del país, pero no lo hizo con el ánimo de acabar con el bipartidismo. Su fórmula para una etapa de la vida nacional fue acertada, él fue uno de los primeros en señalar que de ella no podía depender indefinidamente la Nación.

 

HEGEMONIAS

El problema es que allí se quedaron los partidos y algo peor, pasaron de la hegemonía partidista anterior al Frente Nacional y a la ya citada hegemonía indefmida que, como toda hegemonía genera un espíritu antidemocrático, arrogante y casi autoritario. Por eso es tan de los oficialistas como de los conservadores el clientelismo; por eso en los dos partidos existe una concepción dinástica de la política y se generalizaron los delfines presidenciales; por eso los partidos tradicionales ganan aun cuando pierdan la Presidencia, como le ha sucedido al oficialismo a partir de 1982 que se siente derrotado a pesar de los cinco ministros, los nueve gobernadores y casi un centenar de directores o gerentes de establecimientos públicos nacionales. Si hay divisiones entre los conservadores y los oficialistas ellas no obedecen a razones ideológicas sino a pugnas sobre el control de los feudos burocráticos. Eso no fue el bipartidismo en las generaciones anteriores, eso no es el bipartidismo. Todos los méritos que se proclamen sobre el papel de los partidos valen, sin duda, para otras épocas de la vida nacional. Es cierto, fueron fundamentales pero su papel actual es distinto. Ya no son suficientes y expresan más el pasado que el futuro. Son edificios que amenazan derrumbarse y están ocupados por personas que se niegan a propiciar su reconstrucción.

En el caso liberal carece de toda lógica decir que es preciso ser realistas y contemporizar con los conceptos del Estado y la sociedad que prevalecen entre los dirigentes del oficialismo pues al fin y al cabo son los dueños de los votos. Así no se organiza un partido moderno. Ese es un camino adecuado para que un candidato sin votos cuente con una maquinaria envilecida y a su turno, una maquinaria envilecida cuente con un candidato, pero jamás pude ser una alternativa para renovar la democracia y muchísimo menos al liberalismo. Dicen algunos que lo importante es conseguir que el liberalismo vuelva a la dirección del Estado. En esas condiciones no sería el retorno del liberalismo lo que se lograría sino el de una confederación de líderes burocrático regionales que pueden tener algunos votos merced a las maquinarias pero carecen de la capacidad de representar a la Nación y no les interesa intepretarla y servirla. Se produciría una nueva frustración y el partido liberal perdería toda posibilidad de reorganizarse e inclusive quedaría gravemente amenazada su propia supervivencia como lo enseñan las experiencias de los demás partidos liberales de América Latina.

En el caso conservador el proyecto es totalmente artificial. Con algunos matices, como existen también en el oficialismo, el conjunto de los conservadores actúa con conceptos del Estado y la sociedad fundamentalmente clientelistas. Unos y otros no han entendido la misión del Estado moderno y unos y otros lo utilizan para proyectos electorales no para verdaderos propósitos de transformación social. Conscientes de la estrategia que condujo al doctor Betancur a la Presidencia, la cual consistió en disimular el fundamento conservador de su propuesta política y darle una fisonomía multipartidista, pretenden intentar la duplicación de la fórmula con uno de los más caracterizados jefes conservadores, lo cual le resta toda credibilidad al proyecto. Válida en el papel como estrategia electoral, mas no política, el carácter artificioso de la propuesta convertirá al partido conservador en la tercera fuerza de la política nacional como ya empiezan a señalarlo las encuestas.

Digamos a manera de síntesis, que cada cuatro años se realiza una comedia electoral. Cada partido hace sus convenciones y promete una alternativa. Al final todo quedaría igual en las hipótesis que tanto el partido liberal como el conservador están preparando. No hay participación verdadera por fuera de los partidos. Uno y otro están encerrados en las maquinarias y dependen de ellas. Esto no le interesa mayor cosa al electorado tradicional, pero poco a poco ha generado una gigantesca marginalidad política hasta el punto que casi diez millones de ciudadanos no intervienen en la escogencia del Congreso Nacional y esto afecta la legitimidad de la representación popular en forma alarmante para quien se guíe por valores democráticos.

 

EL MULTIPARTIDISMO

La segunda posibilidad es la del multipartidismo agrupado en una coalición de tipo tradicional. Como lo expliqué en el Hotel Tequendama, esa clase de coaliciones no es la opción nuestra, pero conviene explicarla para superar algunas confusiones que de buena o mala fe se han presentado en las últimas semanas. En la hipótesis multipartidista lo que se busca es pactar coaliciones de tipo electoral o tradicional con elementos programáticos muy generales. Para ello fuerzas heterogéneas elaboran un programa común con el aporte de cada uno de los sectores involucrados y transacciones recíprocas, constituyen directivas comunes y fracciones de los antiguos partidos y nuevos partidos se agrupan en una coalición defensiva frente a la hegemonía bipartidista. Se trata de un proyecto útil para la democracia, pero no lo considero adecuado para la realización de todos los valores que inspiran al Nuevo Liberalismo. Es útil porque fomenta el pluralismo y expresa esa controversia civilizada. Es útil, también, porque puede facilitar el ingreso a la lucha dentro de las instituciones, a las fuerzas políticas que se habían sublevado y que ahora pueden alcanzar representación de las Corporaciones Públicas e influjo en el Estado por voluntad del pueblo y no merced a la presión de las armas tal como lo propuso el Nuevo Liberalismo desde sus primeros días. El Nuevo Liberalismo no puede participar en un proyecto de esta ídole porque comprometería nuestra libertad e idependencia en el programa político que hemos elaborado dentro del proceso democrático que todos conocemos y porque no queremos planteamientos defensivos con todo tipo de aliados, sino opciones creativas con fuerzas que tengan un común denominador. Esto no significa que no podamos dialogar, como queremos hacerlo con todos los sectores que nos lo han propuesto, en la búsqueda de los más completos elementos de juicio acerca de la situación nacional y con el ánimo de dar a conocer nuestros puntos de vista como de examinar las experiencias de iniciativas de los demás. El diálogo es un elemento indispensable del espíritu liberal y el diálogo tiene sentido no sólo con quien puede estar de acuerdo con uno, sino con quien tiene opiniones distintas y sobre todo quien pueda tenerlas completamente contradictorias. La democracia es diálogo y no se puede ser auténticamente liberal y demócrata si se cierran las puertas al diálogo. En realidad, como señalaba en reciente Junta de Parlamentarios el doctor Iván Marulanda la violencia es hija del espíritu totalitario del establecimiento político nacional. El diálogo no significa identificación, es simplemente aceptar la existencia del otro o de los otros que tienen derecho a la misma Patria así pensemos diferente sobre la manera de entenderla, transformarla y organizarla. Si del diálogo surge la voluntad de respaldamos sin contraprestaciones distintas de la fidelidad a nuestro propio programa entonces aparece el Suprapartidismo.

 

EL SUPRAPARTIDISMO

Llegamos a nuestra opción, la que proviene de estos años de reflexión con los compañeros del Nuevo Liberalismo y las más diversas fuerzas sociales y regionales. La propuesta ha sido planteada varias veces, desde nuestro propio nacimiento como proyecto político, tal como puede apreciarlo cualquiera que examine los discursos pronunciados desde 1979. En el Hotel Tequendama la resumí hace dos semanas en los siguientes términos: proponemos una apelación directa de los liberales al pueblo con espíritu suprapartidista. Es una apelación directa al pueblo porque pensamos que la soberanía pertenece al pueblo cuando se expresa en forma directa y en su conjunto como deberá hacerlo en 1986. Los intereses que nos guían son los de la Nación y no los de los partidos si bien nos inspiramos en ideales liberales. No estamos contra los partidos cuyo origen y trayectoria histórica reconocemos, pero no creemos que en estas horas cruciales los partidos en las condiciones en que se hallan pueden asegurarle al pueblo que el Estado sea el instrumento de la unidad de los colombianos si los partidos son el único canal de expresión de la voluntad popular. Las fuerzas que apoyan al doctor Barco apelan a los oficialistas para definir su proyecto político y las del doctor Gómez a los conservadores. Nosotros apelamos directamente al pueblo. Para nosotros está primero la unidad de Colombia que la unidad de los partidos. Colombia se halla afectada por la existencia de grupos subversivos que desconocen las instituciones y quieren imponer su voluntad por medio de la fuerza. Colombia está dividida entre quienes aceptan la democracia representativa y quienes la rechazan o la desconocen o no participan en el funcionamiento y en sus vivencias. Más de la mitad de los colombianos no vota y entre quienes votan, cerca de la tercera parte se declara independiente de los partidos, en esa forma ni siquiera el partido liberal con su mayoría electoral sobre el conservatismo puede declararse un auténtico delegado del conjunto de la Nación en condiciones verdaderas para decidir y actuar en su nombre. Los partidos expresan opiniones locales. Son un instrumento necesario de la democracia pero a la vez son insuficientes.

Las maquinarias de los partidos han suplantado al pueblo y se han atribuido el monopolio del proceso político. El resultado es una Nación marginada del proceso de formación de la voluntad colectiva por un inmenso escepticismo frente a estas maquinarias y con creciente incredulidad frente a la propia política. Las nuevas generaciones en su conjunto se hallan casi totalmente separadas de la política. En las generaciones mayores cunden el desencanto y la perplejidad porque se ha degradado el Estado y hemos vivido durante varias décadas con fuerzas armadas fuera de las tropas regulares o enfrentadas a ellas sin hallar las fórmulas políticas para superar esta situación.

El problema de Colombia no es preservar las maquinarias de los partidos sino crear alternativas y nuestra responsabilidad es precisamente la de defender una, verdaderamente distinta, que se inspira en ideales democráticos y liberales pero no acepta el encierro en máquinas partidistas ni las reconoce como la expresión de lo que fueron esos partidos. Es necesario que el pueblo se eleve por encima de sí mismo para salvar a Colombia. Es indispensable la renovación del proceso político y no encasillamos en la defensa del bipartidismo cuando se ha producido, como cualquiera lo puede verificar, una deformación tan profunda del carácter, los valores y las responsabilidades de los propios partidos.

El suprapartidismo, según enseña la historia colombiana, es de estirpe liberal como valor humano y como expresión del espíritu político más abierto y menos dogmático. Olaya llegó a la dirección de Estado con un proyecto político suprapartidista. Benjamín Herrera sintetizó el concepto en la frase histórica tantas veces repetida sobre la patria y los partidos. El propio Frente Nacional se inspiró en valores superiores a los de los partidos para iniciar una nueva época así sus instrumentos jurídicos y la aplicación de las fórmulas hubiese conducido a la nueva hegemonía que tantas veces se ha denunciado. Se habla mucho del papel histórico de los partidos pero no existe en sus organizaciones el más íntimo proyecto para divulgar entre las masas esa historia que se volvió paradójicamente un argumento para impedir el avance, la exploración, la creatividad, la búsqueda de unas posibilidades de transformación y desarrollo de la democracia.

Se dice que desde Núñez nadie ha podido vencer las trincheras privilegiadas de las maquinarias partidistas. El argumento se vuelve contra quien lo propone. Precisamente porque van cien años, ya es hora de una nueva expresión colectiva que trascienda los rígidos esquemas tradicionales y le devuelva a los partidos su identidad, su compromiso con la Nación y no con los intereses de quienes controlan sus centros de poder.

El Nuevo Liberalismo nació en medio de la profunda crisis de la sociedad. del Estado y de los partidos que ha vivido Colombia en el último decenio. Nuestra tarea no sólo está vigente sino que cada día la requiere más Colombia: Unir a la Nación en torno de valores democráticos. Unión por la Nueva Colombia. Somos un Nuevo Liberalismo por una Colombia nueva. Buscamos que el espíritu liberal y el partido liberal mantengan su vigencia pero en un nivel superior de desarrollo de la democracia. El espíritu liberal siempre existirá porque es un valor superior de la humanidad, el que puede desaparecer es el partido liberal si no se decide a buscar en serio y a fondo nuevos horizontes.

 

AMERICA LATINA

Lograr un cambio cualitativo en la democracia colombiana es no sólo una tarea decisiva para que sobreviva la libertad en nuestro país sino una responsabilidad con América Latina en donde ya se nos identifica como una fuerza renovadora y creativa. Después de terribles episodios de totalitarismo, de nuevo América Latina despierta hacia la libertad y la democracia en medio de la peor crisis económica de varias generaciones. Lo que buscan en Argentina, Uruguay, Perú, Bolivia, Brasil y Ecuador no es simplemente el viejo esquema de la democracia restringida que se derrumbó hace varias décadas por problemas de corrupción y privilegios. Allá trabajan, por una nueva etapa democrática que supone partidos transformados y una cultura política construida conscientemente. Por eso el Nuevo Liberalismo se ha negado a considerar las afiliaciones internacionales de origen europeo, porque si bien son respetables e interesantes, en el caso de América Latina pueden resultar contraproducentes y disgregar fuerzas que deben apoyarse por encima de partidismos y fronteras. En América Latina lo importante no es afiliarse a la internacional socialista, o la internacional liberal o a la conservadora, sino promover un instrumento de solidaridad democrática entre los latinoamericanos frente a los totalitarismos de derecha o de izquierda. Está bien mantener un diálogo amplio y constructivo con todas esas organizaciones internacionales pero no tiene sentido convertirse en prolongación de factores políticos e intereses que no corresponden a la prioridad de la solidaridad democrática entre los latinoamericanos.

 

LA CULTURA PARA LA DEMOCRACIA

La democracia es el fruto de una civilización política. La cultura de un pueblo se aprecia también en la manera como se expresen en él los derechos y deberes sociales, la capacidad analítica y crítica de sus habitantes, el clima de deliberación entre los distintos sectores políticos, la educación política y el conocimiento de las instituciones. Si no existe una conciencia colectiva sobre la libertad, la igualdad y la responsabilidad que son los valores de la democracia, el sistema es ficticio e inestable. Partidos que no atienden estos temas en forma constante y deliberada no son verdaderos partidos democráticos. Ningún líder puede hacer nada distinto de lo que exista o pueda existir en la conciencia colectiva que él interpreta. Por eso siempre hemos creído y lo proclamamos ahora, que los cambios verdaderos son las transformaciones espirituales en las sociedades. Son las más difíciles pero las profundas e irreversibles. De poco le sirve al país cambiar las tasas de crecimiento económico si no modificamos la mentalidad y los hábitos colectivos en función de una organización social superior.

Estoy consciente que al Nuevo Liberalismo lo han apoyado miles de ciudadanos independientes, que no aceptan afiliaciones formales pero se identifican con nuestras tesis y actuaciones. Sé que muchos ciudadanos empezaron a participar en procesos electorales para respaldamos. También sé que conservadores y personas que han militado en sectores de izquierda democrática se han sumado a nuestra causa y espero que muchos otros nos apoyen en búsqueda de fórmulas políticas que integren a la Nación, sin embargo, considero oportuno hacer algunas precisiones sobre la situación y el futuro del liberalismo colombiano.

 

LA IMPOTENCIA LIBERAL

La peor situación que puede vivir una fuerza política es la de convertirse en una mayoría impotente. Eso es lo que ha sucedido al partido liberal desde hace cerca de cuarenta años. La espantosa violencia de medidados de siglo y las instituciones provisionales del Frente Nacional le determinaron límites diversos pero insuperables para interpretar plenamente las aspiraciones populares. Primero fueron algo así como veinticinco años de impotencia parcial. En los últimos doce años, la impotencia ha sido creciente hasta volverse total cuando, a pesar de tener en sus manos cinco ministros, no se siente responsable de los asuntos públicos. Las generaciones mayores de cuarenta años recordamos los momentos estelares del partido liberal y sabemos lo que significaron en Colombia las acciones de los grandes protagonistas de los gobiernos que tuvo Colombia entre 1930 y 1946, también admiramos la gestión de quienes condujeron al liberalismo durante el Frente Nacional. Ese testimonio histórico influye en nosotros y lo proclamamos como un patrimonio de la democracia. Sin embargo, quienes como ciudadanos no tienen otra imagen del partido liberal que los hechos de los últimos doce años, es decir, la generación menor de 33 años, es natural que sus miembros identifiquen al partido liberal con actuaciones, hechos y criterios que no se distinguen en nada de los que puede ejercer el partido conservador. Por eso la inmensa mayoría de los ciudadanos que sufragaron a partir de 1974 no son ni liberales, ni conservadores; se declaran independientes en la medida en que no creen en los partidos ni encuentran motivos para respaldar otras alternativas. Muchos de ellos han confiado en nosotros y no los vamos a defraudar. Ya los electorados no son cautivos en sectores muy importantes de la opinión. Es preciso merecerlos y reconquistar su confianza periódicamente. La clave está en interpretar la sociedad y no en usufructar una mayoría inerte o la nostalgia de generaciones que esperan el retorno de los días gloriosos. El liberalismo fue el guía político de los centros urbanos. La verdad es que desde hace varios lustros el fenómeno urbano lo desbordó y sus actuales fuerzas dependen más de zonas rurales o centros urbanos secundarios que de las grandes ciudades donde casi todo está por hacer, lo cual tiende a encerrar conceptualmente al liberalismo en una perspectiva retrasada del proceso social y económico.

Hoy el partido liberal no es ni siquiera un partido sino una confederación de organizaciones electorales. Si las masas liberales no comprenden que el mensaje del Nuevo Liberalismo es la esperanza concreta de futuro para el partido liberal colombiano, es cuestión de pocos años que el partido se desintegre. La casa del partido liberal amenaza ruina y tiene grietas profundas. Nada se resuelve pintando las paredes y disimulando los problemas porque el menor estremecimiento social puede poner en evidencia todas sus debilidades. El partido está dominado por dirigentes que no tienen conciencia de sus responsabilidades nacionales y mientras la sociedad colombiana real avanza aceleradamente la sociedad politica permanece prisionera de conceptos, intereses y lenguajes de otras épocas. Nada sería más fácil que llegar a transacciones y acuerdos, si todo se redujese a buscar cuotas de poder o cultivar expectativas personales como ha sucedido en otras épocas, pero nada sería más indigno. La victoria que buscamos sólo puede ser digna y honrada o si no, no es victoria. Porque no se trata de ganar las elecciones sino de transformar la sociedad. Así lo he dicho siempre porque pienso que de otro modo carece de sentido la política. Es cierto que este es el camino más difícil, pero no existe otro. Todo lo demás: inclinar las banderas y volver atrás, es traicionar al pueblo, pero sobre todo tracionarnos a nosotros mismos. Veo que algunos se van porque siempre pensaron que el compromiso de renovar no era en serio y que se presentaría el pretexto para abandonar la causa. Es mejor que esto se esclarezca de una vez por todas y que se depuren los cuadros del Nuevo Liberalismo. Veo que otros compañeros plantean preocupaciones y reservas respetables en esta etapa de definiciones, debemos escucharlos con toda consideración y reflexión porque sus intenciones son rectas y su conciencia es limpia. Puede haber diferencias en las estrategias pero no hay discrepancias en los objetivos, en los ideales, ni puede haberlas en las responsabilidades.

Estamos conscientes que en el resto del liberalismo hay realidades heterogéneas. Algunos se declaran pragmáticos y prefieren contemporizar con factores, métodos y protagonistas que no son democráticos ni liberales. Eso lo llaman realismo político. La historia ha demostrado que el olvido de la ética política es el preámbulo de la arbitrariedad, el despotismo y la aventura demagógica. Es mentira decir que el partido liberal se ha reorganizado y tampoco es sincero crearle al pueblo la esperanza del cambio con un partido que se resiste a renovar su ideología, sus programas, su organización y su comportamiento.

A este Congreso le corresponde en su agenda, prevista desde su propia convocatoria, examinar las relaciones con el Gobierno en el que actúa un compañero nuestro como Ministro de Justicia así como otros miembros del Nuevo Liberalismo en responsabilidades del máximo interés nacional como la vigilancia del sistema bancario y la dirección del comercio exterior en la peor crisis económica internacional de muchos años.

Con el ánimo de contribuir a la gobernalidad de la Nación le dimos apoyo externo a este gobierno en las Cámaras de tal manera que gracias a nuestros votos se aprobó la amnistía de 1982 y fue transformada y aprobada la legislación original de la emergencia económica de 1983. Obramos así por responsabilidad con el país y sin condicionar nuestro voto a ningún tipo de contraprestación pues al fin y al cabo, por nuestra propia decisión, declinamos la invitación del Presidente de ingresar al gobierno en el primer año.

El Presidente Betancur insistió en su invitación un año después y al hacerlo nos propuso obrar con absoluta independencia crítica. Así lo hemos hecho, lo que no significa actuar sin responsabilidad. El gobierno democrático sin responsabilidad ante el pueblo no es democrático. Cabe hablar de grados de responsabilidad según el acceso a la información y el influjo que se tenga en las decisiones del gobierno que, según la Constitución, conforman el Presidente y el Ministro o los Ministros competentes de acuerdo a la materia, pero, en todo caso, existe responsabilidad. Asumimos con orgullo la responsabilidad de nuestros compañeros en las tareas que han cumplido en los cargos citados. Gracias a su gestión se ha dado un testimonio de capacidad y de honestidad que refleja el espíritu del Nuevo Liberalismo. Esto contrasta con la irresponsabilidad del oficialismo que casi tiene igual representación al partido conservador en decisiones fundamentales del gobierno, la educación, la política de minas y energía, el desarrollo económico y el trabajo y la seguridad social pero, en una actitud antidemocrática, se atreve a decir que conforman el gobierno pero no responden de nada ante el pueblo.

En virtud de nuestra independencia crítica, respetada y solicitada por el propio jefe del Estado, hemos hecho debates fundamentales en el Congreso y en múltiples escenarios públicos sobre política económica, política exterior, política energética y política social y los promoveremos sobre estos y otros temas. La relación del Nuevo Liberalismo con el gobierno en lo nacional, no es la misma en los departamentos, en la mayoría de los cuales prácticamente el Nuevo Liberalismo no tiene ninguna presencia en la administración. Es necesario entonces el examen completo de la gestión de un gobierno minoritario en el Congreso Nacional que ha ensayado nuevas políticas en áreas fundamentales con resultados contradictorios y con un cuadro general de improvisación. Un gobierno que no hizo inventario exacto de la herencia que recibió, en parte porque el Presidente Betancur no podía desconocer la corresponsabilidad del conservatismo en el manejo del país en los gobiernos anteriores y en parte porque la condición minoritaria en las Cámaras le limitaba la posibilidad de hacer el juicio de residencia que el país necesitaba del gobierno anterior.

Nuestra presencia en el gobierno nos da acceso a información sobre algunos de los principales problemas del Estado. Ha sido una experiencia necesaria a pesar de lo traumática pero nos permite presentar un balance muy constructivo para la Nación en las áreas donde hemos actuado. Pienso que a pesar de la complejidad de la situación, el pueblo entiende nuestra posición y comprende que no hemos acudido a recursos fáciles y cómodos de proselitismo político porque hemos tenido en cuenta siempre superiores intereses nacionales.

Compañeros del Nuevo Liberalismo: Vamos a deliberar intensamente en estos días decisivos. De este Congreso saldrá fortalecido el Nuevo Liberalismo y definidos sus nuevos e inmediatos frentes de trabajo. Hace cerca de seis años, compañeros, con un puñado de jóvenes levanté la bandera y en medio de incertidumbre con Rodrigo Lara y Enrique Pardo Parra afrontamos la responsabilidad de presentarla a toda la Nación como alternativa a la encrucijada colectiva. Hoy presento ante ustedes esa bandera limpia, digna y honrada. No han podido y no podrán abatirla nuestros adversarios. La entrego a este Primer Congreso Nacional del Nuevo Liberalismo que definirá en estos tres días nuestras responsabilidades ante el pueblo colombiano, nuestros criterios sobre el futuro del Estado y nuestra interpretación del destino de Colombia. Siempre adelante, ni un paso atrás y lo que fuere menester; sea.