D039 P088 | El Poder Científico*

Documentos Nuevo Liberalismo | Luis Carlos Galán

D039 P088 | El Poder Científico*

Luis Carlos Galán

Según las cifras generalmente aceptadas por las Naciones Unidas, los países en desarrollo representan el 75 por ciento de la población mundial, el 20 por ciento del ingreso total del planeta, el 12 por ciento de la producción industrial y apenas el 5 por ciento del potencial científico y tecnológico del mundo. Estas cifras que circulan entre los delegados a las diversas conferencias internacionales sobre los problemas del desarrollo indican la magnitud de los actuales desequilibrios y, lo que es más grave, demuestran que las cosas van a empeorar puesto que el primer factor de riqueza en nuestro tiempo es el conocimiento. Vivimos una época en la cual la clave del progreso está en la capacidad de organizar y utilizar información científica y tecnológica. Como lo advirtió la OCDE al comienzo de la década, el mundo avanza hacia la segunda revolución industrial: “En la era de la información, a la que estamos entrando, la máquina característica es la que procesa la información, no ya para aumentar la energía física humana, sino para aumentar el procesamiento de la información humana”. La relación Norte-Sur es prácticamente una negociación entre las áreas del mundo que poseen más riqueza informativa y las que relativamente tienen más recursos naturales. Aquellas venden información y éstas venden materias primas. Aquellas saben que su dominio sobre la transferencia de tecnología les defiende su posición negociadora frente a los otros países que controlan, hasta cierto punto, los bienes primarios.

El mercado mundial de ciencia y tecnología no es un mercado libre y en él los países en desarrollo cada día están en mayor desventaja al adquirir tecnología. La compra de tecnología fue importante desde cuando empezó la sustitución de importaciones en los países en desarrollo, hoy es fundamental pues sin ella no se tiene capacidad para producir bienes y servicios, o sea, sin potencial tecnológico no es posible el desarrollo aun cuando se disponga de materias primas y recursos energéticos. Los propios países petroleros han hecho cuentas y han comprobado que la mayor parte del dinero obtenido por la venta de petróleo en el último lustro han tenido que devolverlo a los países desarrollados al pagarles la tecnología adquirida explícitamente (por ejemplo al comprar una planta siderúrgica) o implícitamente al importar bienes de capital o bienes intermedios cada día más costosos.

Desde el punto de vista de fuentes de información científica y formación de recursos humanos, G. Anderla, un analista vinculado a la Unesco, ha descrito el proceso más o menos en los siguientes términos: en 1750, en todo el planeta había 50 revistas científicas; al comenzar el siglo XIX ya eran 100. En 1900 la cifra llegaba a 1.000 revistas y hoy se calcula que superan las 100.000. Al principio de la década de los setenta se produjeron por año dos millones de escritos científicos; o sea a razón de 6.000 o 7.000 artículos o reportajes, por día de trabajo, escritos por cinco millones de científicos. Al sumar los especialistas, ingenieros, técnicos y sociocientíficos que publican sus trabajos se calcula que entre 12 y 13 millones de personas participan en la producción científica y técnica. Una biblioteca mundial imaginaria comprendería más de 100 millones de títulos distintos y el stock de artículos científicos y técnicos sobrepasaría los 30 millones de títulos. En la Unión Soviética, únicamente, hay más de un millón de científicos e ingenieros.

La inmensa mayoría de estas publicaciones y de estos hombres de ciencia se halla en los países desarrollados. En los otros, como el nuestro, no existen verdaderas políticas en el campo de la ciencia y la tecnología; la tecnología llega al país en forma desordenada y costosa; los usuarios no están debidamente comunicados con las instituciones que investigan o de algún modo tiene a su cargo divulgar los hechos científicos y tecnológicos. Aquellos resuelven insistir en tecnologías ineficientes o buscar las nuevas en fuentes externas y estos tienden a especular con trabajos e investigaciones que no tienen mayor relación con los problemas reales de los agricultores, los ganaderos y los industriales.

¿Cuánto paga Colombia por las tecnologías que usa? Nadie lo sabe. Hay pagos directos que se pueden establecer al observar las importaciones de bienes de capital, automóviles y otros bienes intermedios, pero hay otros pagos más difíciles de precisar porque los dueños de las tecnologías logran imponer condiciones de toda índole al facilitar sus conocimientos. El comprador de tecnología no puede hacer nada y generalmente los pequeños y medianos empresarios se limitan a copiar, como es fácil verificarlo al recorrer la mayoría de nuestras industrias. Según observaron los autores de la monografía que presentó Colombia en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Ciencia y Tecnología para el Desarrollo existe un verdadero círculo vicioso: “muchas de las características organizacionales y estructurales del subdesarrollo son opuestas a la aplicación de la ciencia y la tecnología, pues inhiben la aparición de lo que podría denominarse ‘demanda efectiva’ por el conocimiento científico y tecnológico. Ello conforma un verdadero ciclo vicioso que podría traducirse en razonamientos del siguiente orden: la tecnología está creada en los países avanzados y puede comprarse; para qué generar innovación si se la puede comprar; crear tecnología no es viable; la compra en el exterior es necesaria porque no sabemos crear y así sucesivamente”.

En otras palabras, se puede afirmar, como lo han observado investigadores de Colciencias, que nuestro sistema científico y tecnológico está marginado del sistema productivo y es, entre nosotros, una especie de “consumo suntuario”. En tales condiciones no puede existir mayor demanda por la ciencia y la tecnología en el conjunto del sistema económico y social lo que impedirá siempre que crezca el sistema científico-tecnológico. Para complicar todavía más los problemas, una buena parte de las investigaciones que se realizan en nuestro país son financiadas desde el extranjero y aun cuando varios donantes (los canadienses, por ejemplo) respetan el criterio local, casi siempre se produce una mayor dependencia de los intereses externos. El problema naturalmente es general y se ha comprobado que ningún país de América Latina —ni siquiera Brasil que algunos señalan como un “traductor de tecnología” para los países en desarrollo— ha solucionado lo que Colciencias llama los aspectos críticos: “información deficiente o inexistente sobre alternativas tecnológicas; evaluación deficiente o inexistente sobre la selección de tecnología, deficiencia o incapacidad para generar tecnologías locales y baja capacidad para negociar efectivamente en el mercado internacional de la tecnología”.

 

LAS UNIVERSIDADES

Siempre que se habla de estos temas se piensa en la función investigadora de las Universidades. Allí está, ciertamente, una de las pocas posibilidades que tiene el país para fortalecer el sistema científico-tecnológico, sin embargo las políticas propuestas por los propios organismos estatales encargados de fomentar la investigación no son reconocidas en el presupuesto nacional con la prioridad que merecen. Es difícil que los mejores profesores se decidan a convertirse en investigadores profesionales mientras los sueldos sean tan bajos y no haya otros incentivos. Los trabajos científicos nacionales siguen siendo mal divulgados. Toda la infraestructura del investigador (centros de documentación, bibliotecas, equipos y laboratorios) es precaria. Los posgrados no fomentan la investigación y la emigración hacia el exterior de los mejores cerebros todavía es un problema alarmante. Los Estados Unidos y Venezuela han recibido más de 25.000 profesionales y técnicos colombianos en las dos últimas décadas cuya formación comprometió más de 400 millones de dólares. ¿Cuánto le costaría a Colombia la reconstrucción de esos cuadros humanos? ¿Qué pensarán sobre esto los ingenieros cuya profesión (incluidas las diversas especialidades) vive una de las más serias crisis? ¿Cuándo tendrán eco los planificadores de la ciencia y la tecnología en las áreas del gobierno y el Congreso para que se ponga en práctica una estrategia integral y se inicie una lucha decidida por la autonomía de nuestros sectores tecnológicos, así ello parezca hoy una utopía?

 

LA REVOLUCION CAFETERA

El doctor Gabriel Gómez Gaviria ha dado un buen argumento a quienes creen en la importancia y la eficacia de las innovaciones tecnológicas para modificar a corto plazo los factores del desarrollo nacional. Gómez Gaviria ha hecho un estudio sobre el cambio técnico, económico y social que han vivido las zonas cafeteras del país donde se introdujo una nueva tecnología de cultivo y se sembraron nuevas variedades. Bastó que se utilizaran variedades obtenidas en Brasil con más cortas distancias entre árboles, fertilización y regulación o eliminación del sombrío para desencadenar una auténtica revolución. En 1963 la producción media era de 40 a 60 arrobas por hectárea. En promedio había 1.000 árboles por hectárea. No se abonaba y todo se reducía a las dos desyerbas anuales y al sombrío. Con la nueva tecnología promovida por el Centro Nacional de Investigaciones de Café se aumentó la densidad de siembra de 1.000 hasta 10.000 árboles por hectárea; fue eliminado el sombrío, se incorporaron los fertilizantes y se intensificaron las normas de manejo del cultivo. Gómez Gaviria subraya las siguientes consecuencias: “se ha aumentado hasta en 10 veces el número de árboles. El período para iniciar producción se ha reducido a la mitad. La mano de obra requerida por hectárea durante 90 meses ha pasado de 470 jornales en el cafetal tradicional a 3.149 en el cafetal de mayor tecnología. La producción aumentó de 190 arrobas por hectárea a 5.850. Los costos de inversión son de $ 19.000 y $ 185.500 para los sistemas tradicional y de máxima tecnología. Los jornales totales, incluyendo la recolección, son respectivamente de $ 83.050 y $ 2.057.050, durante 90 meses. Los ingresos de la producción son de $ 133.000 y $ 14.095.000 para la misma unidad de superficie en el período de 90 meses. La utilidad neta anual por hectárea es de $ 6.800 para el cafetal tradicional y de $ 272.000 para el cafetal de mayor densidad”. Según los estudios de Gómez Gaviria se han tecnificado casi 200.000 hectáreas, o sea, el 18% del área cafetera del país que supera el número de 1.111.000 hectáreas. Se ha creado ocupación adicional permanente para más de 200.000 personas lo que significa que el efecto de la tecnología de café sobre el empleo recae en un millón de colombianos si se tiene en cuenta que cada jornal influye sobre una familia promedio de cinco personas. Gómez Gaviria advierte que no es posible extender estas técnicas a todas las fincas “Existen limitaciones de clima, de estructura de suelo y de fuertes pendientes, entre otras, que condicionan la proliferación de siembras densas. En terrenos arcillosos y/o con mal régimen de lluvias y en pendientes fuertes por el peligro de erosión, sería inadecuado eliminar la sombra”. Además, el estudio señala que “uno de los problemas negativos que conlleva el proceso tecnológico del café, es la concentración adicional de la propiedad, la aparición de un nuevo empresario sin arraigo campesino y el efecto final de desplazamiento del agricultor tradicional. Con todo -dice Gómez Gaviria- conviene repetir que la zona, sin este proceso, estaría atravesando por una situación de gran dificultad. Con un poco más del 15 por ciento en cafetales tecnificados sobre el total del área, se contribuye con cerca del 50% de la producción total del café y con excepción de la variedad, el proceso tecnológico fue diseñado y vertido al terreno por colombianos, sin necesidad de compras foráneas ni de equipos sofisticados”.

En el sector agrícola y de la alimentación, además del caso elocuente del café, abundaban los campos en donde las nuevas tecnologías podrían desencadenar cambios muy sustanciales. Las pérdidas de alimentos después de las cosechas son muy elevadas por culpa de las fallas en los sistemas de procesamiento y conservación. Lo propio sucede con los fertilizantes. Habrá que ver hasta qué punto el plan de alimentación y nutrición (PAN) logrará aplicar la ciencia y la tecnología a la solución de estos graves problemas. Este es uno de los aspectos claves para su exitosa realización.

 

LAS TRANSNACIONALES Y EL GRUPO ANDINO

El Estado moderno que regula la economía, maneja las políticas fiscales monetarias, cambiarias y de comercio exterior tiene muchos oficios y todos los días le llegan más responsabilidades. La más compleja que se le presenta en estas materias es la de negociar con las empresas transnacionales. Eso significa muchas cosas en las políticas de desarrollo del país, pero, sobre todo, negociar con estas empresas equivale a definir las condiciones en las cuales van a introducir nuevas tecnologías y van a vendernos los conocimientos científicos que poseen. Hasta hace trece o quince años, éstas empresas obraban con toda libertad, exageraban los costos de bienes y equipos, sobrefacturaban las materias primas e insumos y el Estado se veía en la necesidad de aceptar sus condiciones. Ello sucedió en varios sectores industriales, en el ensamble de automotores, por ejemplo; ocurrió también en el área petrolera y en el sector químico farmacéutico. Poco a poco el país comprendió las circunstancias y hasta cierto punto las modificó aun cuando todavía falta mucho para que podamos decir que tenemos un Estado con instrumentos más o menos aceptables para hacerle frente a esta clase de negociaciones. Las empresas transnacionales trabajan con la perspectiva de grandes mercados, algunos de ellos prácticamente mundiales. Tienen, por tanto, las ventajas de las economías de escala, pueden fijar precios y dominar el comercio en sus áreas. Además, su poder tecnológico lo combinan con sus prácticas financieras y muchas veces cuentan con subsidios gubernamentales de los países donde se hallan sus casas matrices. No es fácil, obviamente, discutir con ellas su ingreso al mercado nacional aun cuando ahora se disponga de una mejor posibilidad negociadora en la medida en que así lo determine el fortalecimiento del Grupo Andino.

Varias decisiones del Grupo Andino se han propuesto alcanzar para la región el desarrollo tecnológico de cinco sectores fundamentales: a) En el área de bosques tropicales se pretende conocer mejor la madera de los bosques tropicales, capacitar personal técnico de todo nivel, transferir y difundir tecnologías, proponer sistemas de normalización y estandarización de técnicas y prácticas de operación y propiciar la aplicación de estas tecnologías en el área de la construcción. b) En el área de alimentos se busca contribuir “mediante acciones de contenido tecnológico a la producción, comercialización y consumo en la subregión, de alimentos y de bajo costo, destinados especialmente a la alimentación familiar de niños menores, madres gestantes y madres nodrizas. c) En el área de carbones se trabaja para definir a nivel subregional la situación de las reservas carboníferas y estudiar, desde el punto de vista de la aplicación tecnológica, los carbones de uso siderúrgico, carboquímica y combustible, creando o adaptando las tecnologías apropiadas para nuestras condiciones. d) En el área rural el objetivo es lograr una mayor utilización de los recursos agrícolas a través del perfeccionamiento de las técnicas de almacenaje y conservación de materias primas. e) En el sector petroquímico se busca aumentar la capacidad de producción de bienes de capital y servicios tecnológicos en función del programa petroquímico andino. f) Finalmente, en el sector de pequeñas y medianas empresas, se busca permitir el establecimiento de un modelo de desarrollo de las pequeñas y medianas empresas “que integre en mejor forma el conocimiento y las necesidades reales del sector”. En fin, son seis programas de indudable importancia y cuya realización modificaría notablemente el papel del sistema científico-tecnológico en nuestra economía. Falta saber qué ha sucedido después de las decisiones en Lima y qué respuesta está dando cada uno de los países del Grupo Andino al esfuerzo solicitado. Por lo menos es seguro que toda la próxima década no será suficiente para conseguir resultados concretos. Lo interesante es ver si se han dado los primeros pasos para que, en lo que a nosotros corresponde, se pueda ganar alguna significación en el potencial científico y tecnológico mundial, por modesta que sea. El poder científico será el primer poder en el siglo próximo. ¿Nos contentaremos con una ciencia imitadora y unas tecnologías adquiridas en forma indiscriminada, o seremos capaces de convertir el sistema científico-tecnológico nacional en uno de los puntos de referencia de nuestra evolución social, económica y política?

 

*Para complementar este Documento se incluye el artículo del doctor Luis Carlos Galán, citado por el doctor Germán Escorcia en su conferencia, que fué publicado en la Revista Nueva Frontera No. 246 el 27 de agosto de 1979.