D040 P022 | HACIA UN ESPACIO ECONOMICO COMUN*

Documentos Nuevo Liberalismo | Luis Carlos Galán

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* Enrique Silva Cimma

Voy a decir unas palabras previas antes de entrar en el tema de mi exposición. En nuestra historia surgen, en ocasiones, hombres que están llama dos a constituirse en símbolos de los valores e ideales que abrazaron con ejemplar consecuencia. Hombres, que guiados por la nobleza de sus convicciones, jamás se inclinan ante los obstáculos y amenazas que los acechan, y que encaran con singular lucidez y coraje los desafíos que les imponen las circunstancias. Hombres que por la humanidad que irradian saben representar, mejor que muchos, los secretos anhelos de sus semejantes, y que por eso son asumidos como banderas de esperanzas por sus pueblos. A esta clase de hombres —lo sabemos— perteneció Luis Carlos Galán.

Su figura, a dos años de su muerte, ilumina con renovada fuerza la causa en la que comprometió su existencia: la de una Latinoamérica concertada en paz y democracia, orientada hacia el progreso y bienestar de sus pueblos, asentada firmemente en la justicia y en el respeto irrestricto de los derechos del hombre. Dotado de una penetrante comprensión de la realidad social, Luis Carlos Galán supo rescatar y conjugar las mejores tradiciones cívicas y éticas de su pueblo con una visión moderna y renovada de las urgentes tareas que la época actual demandaba a su patria y a todas las naciones latinoamericanas, cuyo destino concebía ineludiblemente tramado.

Si con decisión y firmeza concurrió a imprimir un nuevo espíritu a la convivencia de su país, enfrentando a las criminales fuerzas que pretendían socavarla, con igual temple se prodigó incansablemente para que en todo el continente prevalecieran las condiciones que están asociadas a la dignidad humana.

Y en horas particularmente difíciles para mi pueblo, cuando la libertad estaba desterrada de Chile, Luis Carlos Galán nos salió al encuentro con la solidaridad de Colombia. Lo conocimos. Nos distinguió con su amistad. Con él compartimos la dura lucha por restablecer la democracia quebrantada. Su aliento y su estímulo nos acompañaron cuando más lo requeríamos. Y también su certera percepción de estadista. Fue entonces la oportunidad propicia, en conjunto con otros latinoamericanos, para confrontar experiencias, expresar inquietudes, analizar problemas, examinar nuevas perspectivas que permitieran conquistar un futuro promisorio para nuestros pueblos.

* Intervención del señor Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, doctor Enrique Silva Cimma.

Luis Carlos Galán no pudo ser testigo de sus obras, no pudo ver la nueva fase institucional por la que resueltamente ha comenzado a transitar Colombia. Tampoco pudo saludar al Chile libre y democrático. Manos asesinas lo impidieron. Pero no lograron —jamás lo podrán hacer—, que su espíritu deje de estar presente en estas realidades que él contribuyó tan decisivamente a forjar. Nada puede parecernos más significativo, por tanto, que reencontrarnos, convocados para la memoria de este ilustre colombiano, para prolongar ese diálogo que iniciamos un día y cuya muerte, lejos de interrumpir, no hace más que acrecentarlo bajo su fecunda inspiración.

Señoras y señores:

Referirse a los asuntos fundamentales que hoy conciernen con tanto apremio a América Latina —aquellos relativos a la consolidación de la paz y de la democracia, a las posibilidades de su integración y desarrollo— resulta, en verdad, ejercicio estéril si no se los vincula con los prodigiosos y sorprendentes cambios que están aconteciendo en la escena mundial.

Pareciera ser que justo cuando presumíamos de conocer las claves y leyes del devenir histórico esa misma historia se ha encargado espléndidamente de aventar tan ingenua pretensión. Los procesos que actualmente están en curso han echado por tierra toda predicción anterior. Y aún para muchos de ellos es aventurado suponer su desenlace. Lo único cierto es que una configuración inédita comienza a predecir los pasos de la humanidad, como si ésta no hubiera podido sustraerse al poderoso influjo que significa traspasar la frontera de un nuevo milenio.

Pero no pretendo detallar aquí las dinámicas transformaciones que con celeridad pasmosa han trazado un panorama por completo diferente al que dominaba en el mundo hasta hace algunos años. Por lo demás son por todos conocidas: creciente globalización e interdependencia, fin de las realidades autárquicas, ocaso de las ideologías, término de la guerra fría, reperfilamiento del paradigma del Estado-Nación, conformación de poderosos bloques económicos, avance prodigioso de las tecnologías, para que seguir.

Sólo quiero destacar el elemento decisivo, el resorte poderoso que en último término ha desencadenado y hecho posible todo este formidable proceso de cambios. Me refiero a la libertad y a los valores y prácticas que de ella emanan. El hombre de nuestros días, después de múltiples avatares, y pesadillas, se ha reencontrado con el atributo que le confiere su peculiar privilegio como sujeto de devenir universal. Una impetuosa oleada de libertad, que compromete los distintos pliegues de la existencia humana, recorre hoy los rincones del planeta. También este continente.

A la vista de todos ha emergido un nuevo mapa de América Latina: el mapa de sus democracias, mapa que por mucho tiempo, demasiado tiempo, estuvo oscurecido y mutilado en diferentes partes por autoritarismos de diverso signo. Este acontecimiento representa —qué duda puede caber— uno de los hechos de mayor significación y trascendencia desde que nuestras naciones obtuvieron su independencia. Como tal, es también el referente esencial e insustituible —el único posible— para asumir los desafíos que esta promisoria pero crucial época plantea a Latinoamérica.

El primero de ellos, el más imperioso de todos, —por ser la condición de los restantes—, es el de la propia democracia. Si queremos que ella se instale definitivamente en nuestra región, y que no sea una primavera fugaz, debemos concertar nuestros esfuerzos para profundizarla y perfeccionarla, sólo así habremos de avanzar con seguridad en el camino de la paz, la integración y la participación activa en el nuevo orden internacional que se está configurando. Esa es la gran lección que hemos aprendido en estos años.

Debemos declarar que el último tiempo ha sido auspicioso en esta materia. Con profunda satisfacción, y en lo que constituyó todo un símbolo para los chilenos, en el reciente mes de junio nuestro país fue sede de la Vigésima Primera Asamblea General de la OEA, el “Compromiso de Santiago”, suscrito por representantes de gobiernos en su totalidad surgidos de la voluntad popular, ratificó que esa fue una reunión de demócratas para respaldar la democracia y un claro signo de la renovación en la que ha de comprometerse ese organismo.

Sólo hace unas semanas se ha celebrado la primera cumbre Iberoamericana, inaugurando un nuevo espacio de concertación para nuestros países, esta vez en el marco de la comunidad donde tienen origen nuestras raíces históricas y culturales, pero donde también ahora convergen con fuerza los valores de la democracia, la solidaridad y la cooperación.

Tales citas se inscriben y prolongan un activo tejido de vínculos y de instancias bilaterales y multilaterales —en este último caso con interlocutores diferentes—, que lejos de entrañar esquemas de concertación incluyentes o sustitutivos, se orientan a rearticular —así lo creemos—la capacidad política de la región bajo una modalidad abierta, plural, flexible, en consonancia con las dinámicas que hoy imperan en la escena internacional. Esta revitalizada integración política es la que debe estar antes que nada al servicio de la democracia, y de manera muy especial, al servicio de la causa de los derechos humanos.

En la nueva etapa por la que está transitando la humanidad, que ha permitido sacudirnos de visiones en extremo instrumentalistas e ideologizadas del hombre, la observancia de los derechos de las personas es una exigencia universal irrestricta. Como tal, ya no admite que se la pueda colocar bajo ningún punto de vista en contradicción con otros principios que rigen y regulan las relaciones entre los Estados. Ella es la norma básica, el fundamento moral y jurídico de toda convivencia civilizada, tanto nacional como internacional. Por lo mismo, su defensa es una tarea permanente, irrenunciable. Tanto o más cuanto que el respeto a los derechos humanos es la condición y la realización misma de la paz.

Nuestro continente —con que dolorosa desazón lo debemos reconocer— no ha sido ajeno a la violencia. A todos los tipos de violencia. A las peores formas de violencia. Han sido muchas y muy diferente sus causas y sus agentes. Ella ha teñido nuestra vida social y política. En ocasiones, ha perturbado incluso la convivencia entre los Estados.

Pero creo compartir con ustedes la firme certeza de que nuestro continente tiene una profunda vocación de paz. América Latina desea la paz, la necesita, la busca, y tiene razones más que suficientes para hacerlo.

La democracia constituye el hábitat natural de la paz. Posee la potestad y los instrumentos necesarios para que así sea: la plena vigencia del Estado de derecho, el estricto apego al derecho internacional, al igual que normas de justicia y equidad para armonizar la vida colectiva. Pero además ella es el ejercicio, hecho sistema, del diálogo en vez de la agresión, de los acuerdos y no del enfrentamiento, de la razón que prevalece sobre la fuerza.

En momentos en que la paz mundial predomina sin apelar al equilibrio del terror nuclear, en que se desarma el mapa de la guerra fría, y cuando concurren las condiciones para que Naciones Unidas materialice plenamente los fines y objetivos que la humanidad alentó al crearla, se hace imperativo pacificar el territorio de Latinoamérica. Pienso que hemos dado significativos pasos en esa dirección.

Preferentemente en lo relativo a la violencia política que, gestándose al interior de nuestras sociedades tendió a traspasar fronteras y a comprometer seriamente la estabilidad de extensas zonas de la región. Existe coincidencia que la clave para revertir esta situación ha sido la activa movilización de los gobiernos democráticos, que en forma coordinada y respetando celosamente el principio de no intervención y la soberanía de los países afectados, y en conjunto con ellos, han sabido promover y acordar exitosas fórmulas para desactivar estos escenarios de conflicto e impulsar su plena normalización democrática. Ese y no otro debe ser el camino de América Latina.

En particular, nuestro país valora y apoya decididamente los importantes logros de paz alcanzados en Centro América. Así se lo manifestó el presidente de Chile, don Patricio Aylwin, a los mandatarios de esas naciones, al tener el privilegio de ser acogido en la conferencia realizada recientemente en El Salvador. La experiencia ha demostrado que cualquier otro expediente para construir la paz con armas ajenas a la paz, sólo ofrece resultados efímeros y precarios.

Pero no sólo hay que desactivar los conflictivos focos del presente. También hay que curar las heridas del pasado cercano. La paz exige la reconciliación. Tal ha sido el espíritu que anima a Chile en este período de consolidacilón democrática. Y que instó a su gobierno a crear la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación para que esclareciera las graves violaciones a los derechos humanos cometidas en años anteriores.

Debemos declararlo: la acogida de su informe por parte de nuestra sociedad fue ejemplar, constituyendo una de las más importantes contribuciones a la pacificación de los espíritus. Ha permitido restituir a las víctimas su dignidad, otorgar a sus deudos reparaciones y la solidaridad para sobrellevar su tragedia; además, y dentro de las posibilidades que ofrece nuestro marco legal, ha aportado antecedentes para la acción de la justicia. Pero por sobre todo, ha dado lugar a generosos gestos de reencuentro que ensancha el camino para superar definitivamente los odios y las divisiones que durante años desgarraron a nuestro país.

El espíritu de paz y solidaridad, fundado en el ejercicio de los valores democráticos, que hoy prevalecen al interior de nuestras sociedades, necesariamente han de proyectarse sobre las fronteras y presidir la convivencia y las relaciones entre las naciones de Latinoamérica. Los residuos de viejas querellas y conflictos, los absurdos recelos, las desconfianzas de todo tipo, han de ceder su lugar a los impostergables compromisos de la cooperación y de la integración que hoy nos requieren con urgencia.

Con profunda satisfacción y orgullo, como chileno y latinoamericano, no puede dejar de mencionar en este Foro sobre la paz y la integración, los trascendentales acuerdos que hace muy pocos días se han celebrado entre la República Argentina y mi país para resolver los problemas de límites que aún estaban pendientes.

Como se sabe la frontera que nos une es de las más extensas y difíciles del mundo. Ello ocasionó en el pasado no pocos obstáculos y, por momentos, graves tensiones en nuestras relaciones. De alguna manera, siempre constituyó un impedimento para profundizar intereses y coincidencias comunes. Un gran paso para allanarlos fue el Tratado de Paz y de Amistad de 1984, auspiciado por Su Santidad el Papa Juan Pablo II.

Con todo, aún subsistían en 24 sectores fronterizos problemas de demarcación por precisar. Los mecanismos para resolver estos asuntos pendientes son los que han venido a sancionar los documentos firmados por los presidentes Menen y Aylwin recientemente en Buenos Aires. En 22 de los puntos se ha alcanzado un completo acuerdo para su delimitación, los que serán ejecutados por la Comisión Mixta de Límites. También se ha alcanzado un completo y feliz acuerdo en lo que se refiere a la difícil zona de los denominados “Hielos Continentales” el que ha de ser presentado para su ratificación a los respectivos parlamentos democráticos de ambos países.

Finalmente, en lo que concierne al sector de la llamada “Laguna del Desierto”, se ha acordado someter este asunto al arbitraje de un tribunal compuesto por 5 prestigiosos juristas latinoamericanos en un hecho que no tiene precedentes en nuestro continente. Por primera vez dos países de América Latina para resolver pacíficamente sus controversias fronterizas ha decidido apelar a la sapiencia, probidad y equidad de jueces latinoamericanos.

Pero estos acuerdos de límites han sido a la vez el preciso marco para suscribir un importante conjunto de instrumentos que impulsan de manera decisiva la cooperación y la integración Chileno-Argentina. Entre ellos, cabe destacar de manera especial, el tratado para protección y preservación conjunta del medio ambiente, el protocolo para el aprovechamiento de recursos hídricos compartidos, el muy importante acuerdo de complementación económica, —que incluye aspectos comerciales, financieros, productivos, energéticos, tecnológicos y de servicios—, además de otros mecanismos para facilitar la coordinación de asuntos de interés común. Ha sido, en verdad, un hito histórico que consolida entre Argentina y Chile sus vínculos de paz inalterable y de amistad perpetua. Hoy podemos anunciar a Latinoamérica que los macizos de Los Andes Australes son fronteras de paz y de integración.

La construcción de la paz es una tarea incesante, que no pide ni da tregua. En cada momento, irrumpen nuevas amenazas, o recrudecen otras fuentes de agresión que se empeñan por quebrantar la pacífica convivencia de los pueblos, con una ferocidad que aumenta a medida que más abyectos son sus móviles.

Es el caso del narcotráfico, que si bien constituye una lacra universal, se ha ensañado con particular violencia en América Latina. Debemos admitirlo: el narcotráfico ha dejado de ser un problema delictual y local y se ha convertido en un peligro que ataca la raíz misma de nuestras sociedades y la estabilidad y seguridad del conjunto de nuestras Naciones. Como tal debemos encararlo. Es urgente que movilicemos todas nuestras capacidades sociales e institucionales, y que cooperemos sin reservas, coordinando esfuerzos para enfrentar este flagelo común. Con respeto por la soberanía e integridad territorial de nuestros Estados, con comprensión por realidades y por visiones no siempre coincidentes, pero con la decisión y convicción de que sólo la acción concertada es la única garantía eficaz para proteger a cada uno de nuestros países y a sus ciudadanos.

Más que nunca reafirmamos nuestra voluntad y disposición para ampliar y profundizar acuerdos y programas, tanto a nivel multilateral como bilateral, en vista a implementar estrategias en consonancia con la escala y con las formas que en la actualidad adopta el narcotráfico, y que ataquen simultáneamente todos y cada uno de sus aspectos y etapas.

Estamos igualmente convencidos que a este decidido combate no deben sustraerse los países industrializados, principal destino de los circuitos de la droga. Pero ellos han de entender que el fenómeno del narcotráfico en estas latitudes no se agota en su dimensión represiva y judicial, sino que posee complicadas derivaciones económicas, sociales y políticas, que también deben ser asumidas con su cooperación.

Debemos ser capaces de controlar y erradicar el flagelo de la droga y del narcoterrorismo, así como cualquier otro agente de violencia. La concertación política en torno a valores y prácticas compartidas hace posible ahora más que nunca el logro de tales metas. Pero ello necesariamente implica imprimir un nuevo sesgo a nuestras democracias, tornándolas modernas, eficaces. Por sobre todo ellas han de ser equitativas. Es imposible pensar siquiera en su estabilidad y consolidación si permanecen las enormes barreras que hoy condenan a la marginalidad y a la pobreza crítica a amplios segmentos de la población.

Tal empresa supone, insoslayablemente, asentar sobre sólidas bases el crecimiento y el desarrollo económico, no tan sólo para elevar el nivel de vida de nuestros pueblos sino también su capacidad de vida, hoy día objeto de serias amenazas.

En efecto, la protección del medio ambiente es igualmente una tarea ineludible. Nuestro continente, con una riqueza natural y ecológica exuberante, hoy se ve sometido a los mismos males que envenenan al resto del planeta: contaminación atmosférica, alteraciones climáticas, deforestación, ruptura de los ecosistemas, pérdida de la biodiversidad. El éxito para revertir estos fenómenos, en el marco del respeto al uso soberano de los recursos naturales, dependerá de los aportes tecnológicos y financieros que dispongamos; teniendo presente que la responsabilidad de la solución recae básicamente sobre los países desarrollados que, por sus patrones de industrialización, son los que más han contribuido a generar el daño que hoy afecta a nuestro entorno.

Hacer compatible la democracia política, la equidad social y el crecimiento económico es el crucial desafío que hoy se nos plantea. Es un desafío gigantesco, como tal vez no lo tuvimos en ningún momento de nuestra historia. Pero que tiene al menos la ventura de hacernos frente en una coyuntura cruzada por dinámicas que inauguran nuevas coordenadas para encararlo. En estas coordenadas debemos también inscribir el hasta ahora tan anhelado pero tan esquivo asunto de nuestra integración económica.

En la actualidad América Latina comienza a vivir uno de los momentos de mayor afinidad en el trazado de sus políticas económicas. La mayoría de los países —con grandes sacrificios y de acuerdo a sus posibilidades— se encuentra abocado a potenciar y a liberalizar sus economías a través de programas de ajuste y de apertura. En Chile conocemos bien este proceso, con sus rigurosos costos, pero igualmente con sus claros beneficios.

Por lo mismo, estamos convencidos que bajo el signo de las corrientes que hoy imperan en el mundo, no es posible volver atrás en este camino. Mas aún, creemos que él indica la única alternativa para ir tejiendo, progresivamente y de un modo flexible, la integración de nuestras economías y de su inserción en el sistema internacional. Es lo que mi país está intentando resueltamente realizar por la vía bilateral, dentro del marco de los acuerdos y orientaciones de nuestros propios organismos regionales.

Es oportuno recordar que la vocación y el compromiso de Chile con la Integración Latinoamericana obedece a una constante profundamente arraigada en su tradición histórica, cultural y política. Estuvo presente en nuestro origen como república, cuando aunamos esfuerzos con las demás naciones del continente para conquistar nuestra independencia. Lo está así mismo ahora, cuando convergemos en democracia reconociendo un amplio y apremiante horizonte de fines, tareas, y propósitos comunes. Y lo está incluso con mayor vigencia, de manera más cercana, con mayor factibilidad, precisamente en la medida en que nuestros instrumentos económicos tienden a confluir hacia una mayor afinidad.

En virtud de eso debemos ser claros: la apertura externa que hoy singulariza a la economía chilena es perfectamente compatible con la decisiva importancia que asignamos a nuestros vínculos con América Latina. Se trata de políticas absolutamente complementarias. Una economía que aspira a hacer moderna se caracteriza por su permeabilidad para responder a los requerimientos de una realidad global izada y por su plasticidad para proyectarse a todos los espa-cios de intercambio. Al operar así, se disuelve por fin el falso dilema entre apertura externa e integración regional, emergiendo éstos como ejes coincidentes, que se autorrefuerzan, y que en modo alguno revelan factores antagónicos.

Desde esta perspectiva reconocemos la validez y los progresos sostenidos de los diferentes esquemas de integración subregional, que habrán de converger paulatinamente en la formación de un espacio económico común. Es el caso del mercado común del cono sur, del Grupo Andino, de la proyectada zona de libre comercio de Norte América, de la Aladi, como centro de concertación de estos procesos, dentro de cuyo marco se inscriben los acuerdos bilaterales que Chile impulsa.

Sólo cabe pedirles a estos esquemas subregionales que profundicen sus mecanismos con coherencia, renunciando a las tendencias proteccionistas y constituyentes más bien en estadios previos del ejercicio pleno de libre comercio.

Cuando se están configurando poderosos bloques económicos a nivel mundial, la valorización del mercado latinoamericano supone aprovechar estas dinámicas y los vientos de apertura de la propia región. En forma gradual, ciertamente, con criterios y fórmulas flexibles, de acuerdo con el grado de compatibilidad que demuestren nuestras economías.

Pero todos los esfuerzos que realizan nuestros pueblos para su integración e inserción en la economía internacional serán inútiles, si no media la creciente comprensión y solidaridad de las naciones industrializadas, que hoy, en la práctica del comercio internacional, dista mucho de ser satisfactoria.

Nuestras aprensiones son fundadas. Los mismos países que concurren a desmantelar entre ellos sus fronteras económicas, ejercen injustas restricciones a los países en desarrollo, no sólo castigan con aranceles más altos los productos con mayor grado de elaboración, sino que toleran un complejo tejido de barreras no arancelarias que representan un obstáculo inaceptable para nuestras exportaciones.

Ha llegado la hora de que los partidarios de este tipo de proteccionismo se definan y sean consecuentes con su retórica de libre comercio. La Ronda del Gatt es la mejor oportunidad para avanzar en un trato que se ajuste a las normas de la equidad y reciprocidad. Estamos por facilitar esos acuerdos.

A nivel hemisférico, la iniciativa de las Américas —así la hemos valorado— puede y debe ser un instrumento que contribuya a allanar esos y otros obstáculos que nos entorpecen. De cualquier modo, la respuesta al proteccionismo de otros no puede ser alzar nuestras propias barreras. De acuerdo a sus posibilidades y cautelando la readecuación de sus agentes económicos, América Latina debe persistir en su apertura: recibir nuevas tecnologías, atraer inversiones, profundizar en todas las áreas y terrenos la cooperación; en definitiva, insertarse plenamente en la reestructuración global que tiene lugar, para lo cual nuestra integración resulta ser no sólo un requerimiento deseado sino indispensable.

Ella es la única garantía para que en el nuevo orden internacional, cuyos rasgos están aún por definirse, se hagan presentes los legítimos intereses y aspiraciones de nuestros pueblos.

Señoras y señores:

Latinoamérica es algo más que un espacio de intercambio y de concertación política. Si estas dimensiones adquieren relevancia —y de primer orden— es porque remiten a un sustrato común; a una modalidad de vida compartida, a una lengua, una tradición, un destino que nos enlaza. En suma, a una cultura en la que nos reconocemos y afirmamos nuestra identidad.

Cultura diversa y plural, con variedad de formas y manifestaciones, y que encuentra en esa riqueza múltiple la fuerza de su dinamismo y vitalidad. Pero también, y por paradójico que parezca, una cierta tendencia a la dispersión, a los distanciamientos, a las separaciones.

Nos conocemos poco. O por lo menos, no con la intensidad y profundidad que debiéramos.

Nuestra integración, —mejor aún, nuestra integridad— pasa por la cultura. Y pasa de un modo fundamental, tal vez hoy, más que nunca, cuando somos convocados para construir en conjunto una cultura de la democracia, una cultura de la paz, una cultura de la cooperación.

Estas sólo serán posibles si arraigan en la trama de nuevos vínculos que recuperen y acrecienten la proximidad de nuestras experiencias y vivencias como latinoamericanos, tal como ellas se manifiestan en todos los dominios de la cultura: en las artes, en la literatura, en el folklore, en las ciencias exactas y humanas. Y muy especialmente en la educación, lugar donde el saber se prolonga y se renueva.

Ello traerá como necesaria consecuencia el potenciar nuestra capacidad creadora y reafirmar esa específica fisonomía de lo humano que se da en América Latina, no para encerrarnos en ella sino para abrirnos al mundo:

Nuestras distancias de alguna manera también nos han distanciado del mundo. Ahora que éste se ha convertido en una aldea globalizada, se torna absolutamente imperioso instalarnos con propiedad en él e incorporarnos a las prodigiosas redes del conocimiento científico y tecnológico que hoy los singulariza. Requerimos de esos saberes y de esas técnicas para modernizar nuestras economías, para impulsar nuestro desarrollo social para cuidar de nuestro entorno.

Todo esto se alcanzará si previamente anulamos las distancias, grandes o pequeñas, que todavía nos separan.

En este punto quisiera recordar las palabras de uno de nuestros Premio Nobel de Literatura que ha dado esta Latinoamérica, tan pródiga en poesía. Al aludir al hábito de los distanciamientos, que aún persiste en nosotros, este poeta y ensayista, a quien no le fuera ajeno el ejercicio de la diplomacia, ha señalado al recibir el estimado galardón:

“La conciencia de la separación es una nota constante de nuestra historia espiritual. A veces sentimos la separación como una herida y entonces se transforma en escisión interna, conciencia desgarrada que nos invita al examen de nosotros mismos, otras aparecen como un reto, espuela que nos invita a la acción, a salir al encuentro de los otros y del mundo”. Esa debe ser nuestra mejor apuesta.